sábado, 26 de julio de 2014

Mi brevísima reseña sobre Fifty Shades of Grey

Me llama la atención que Christian Grey sea un personaje masculino de quien muchas mujeres se han prendado, cuando su inverosimilitud radica justamente en que está mal construido y se nota que surgió de la fantasía de una mujer —ni siquiera tengo que decir si es buena o mala escritora—.

La novela no tiene conflicto en realidad. En teoría, Anastasia está en contra de la sumisión, pero resulta ser la más sumisa de todas: se enamora de un tipo que la tortura psicológicamente y cuyo carácter la hace vivir constantemente angustiada, eso sin mencionar la tremenda cortedad mental que se vislumbra en comentarios como "sus perversiones" o "Christian es un depravado" (cuando, en teoría, la protagonista es una mujer inteligente y letrada. ¿No se supondría que tendría que ser más abierta y dejar de pensar en depravaciones, porque son filias?). ¿Acaso la está violando? ¿La obliga a hacer algo contra su voluntad? Y cuando de veras la maltrata, ella sale con su "yo tengo que hacer lo que él me pida porque lo necesita". Bah.

Había recibido comentarios de que era una especie de Marqués de Sade para señoras, pero la verdad es que seguro el Marqués se reiría de las inocentadas tanto de Anastasia como de Christian y castigaría a E. L. James en una escena a la Justine.

Tal parece que la novela fue elaborada con una plantilla: suceso, sexo, sexo, suceso, sexo, sexo. Ya ni hablemos de la inverosimilitud de las relaciones sexuales que relata. Él le avisa absolutamente todas las cosas que le va a hacer y ella, que está dividida en tres personalidades (el subconsciente, la diosa interna y ella misma), sobreanaliza todos los comportamientos de Grey. Este pésimo desdoblamiento de la personalidad de Anastasia es el único recurso narrativo de la autora.

Me pregunto qué será de las mujeres vírgenes que lean este libro y se crean que el pene de un hombre es de "acero cubierto de terciopelo". ¡Qué imagen tan desafortunada!

Aún peor de lo que me la había imaginado.

miércoles, 2 de julio de 2014

Spell

Sometimes I wonder... But then I remember nothing can be the way it was before you. You cast a terrible spell on me. You cursed me. Even though I am free, I am attached to you. That was your spell: you physically let me go, but my brain remains thinking of you.

I was not able to cast that same spell on you. Your circumstances made you immune.

miércoles, 25 de junio de 2014

Sensei

Me había cuidado mucho de hablar de este tema aquí. La muerte de un ser querido es siempre un tabú, aunque como tal, es también una realidad con la que hay que convivir.
Tal vez también sea una situación que de pronto uno no se siente con derecho a relatar porque, ni sé bien cómo decirlo, pero no es nuestro.
Un amigo mío murió en mayo. Al anotarlo aquí, los ojos se me empañan. Nos escribíamos por chat más o menos seguido y nos vimos varias veces. Era amigo mío por sociedad: estaba casado con una amiga mía. Eran una pareja de ensueño, de esas en las que uno va creyendo menos conforme pasa el tiempo y se adquiere experiencia. Una pareja que uno se siente afortunado de atestiguar, porque el amor es maravilloso siempre, aunque a veces no se sea protagonista sino espectador.
Su muerte me hirió de manera profunda. Desde las generalidades (un hombre joven y brillante, con todo el futuro por delante) hasta las particularidades (escuchar canciones vanguardistas de los setenta gracias a sus recomendaciones o ver películas viejas). Tengo colgado ahí su bastón, que he sido incapaz de devolverle a la viuda. Tengo ahí un teclado que me prestó, que no me atrevo ni a ver, porque no lo toqué cuando aún vivía.
Su muerte me llenó de silencio y de pensamientos sobre el final de la vida. No es que quiera dejarla, al contrario, antes bien, irónicamente, ahora la veo como un gran sinsentido. ¿Será una etapa posadolescente? No lo sé.
A Emmanuel nunca le dije en vida lo mucho que lo admiraba. Sus conocimientos musicales, sus conocimientos académicos, el amor incondicional que le profesaba a Lauris y, sobre todo, la forma en que se ponía los guantes para revertir todos los ganchos al hígado que le tocó recibir. Me hubiera gustado hacer por él más que lo que hice: absolutamente nada.

sábado, 21 de junio de 2014

Estudio Black Swan: donde la magia del tango sucede

La primera vez que sentí verdadera desolación ante la muerte y añoranza por la reencarnación, fue cuando me hice consciente de que hay un par de bellas artes en las que nunca podría incursionar de manera profesional: la música y la danza. Qué ironía amar tanto a las musas y que estas no le tengan a uno ni desprecio.

Entre los intentos de mis dos pies izquierdos —producto de mi nulo oído musical— por incursionar en diferentes disciplinas de baile, me di cuenta de que, por más que lo intentara, el hado griego había vencido: nunca sería más que una observadora de aquellas musas quienes no volteaba ni a verme para reírse de mi poca habilidad.

Necia como siempre he sido, decidí plantarme frente al ese hado horrible y establecer una tregua; entonces el tango me encontró. Así es, yo no encontré clases de tango, sino que a fuerza de practicarlo, me encontré en él. Bailaba entre amigos y sentía confianza para mostrar mis problemas eternos de coordinación. Los ochos me costaron el triple de tiempo que a los demás y me ponía terriblemente nerviosa cada vez que tenía que bailar con un desconocido, pero al mismo tiempo me sentía tremendamente dichosa: gracias al tango exploré una feminidad mía que desconocía totalmente.

Sin importar qué pasara en otros aspectos de la vida, las clases y el baile ahí seguían en lunes de plática, baile y bálsamo.

Tiempo después la tregua se rompió: me lastimé el tobillo y a partir de ahí muchos sucesos hicieron que dejara definitivamente las clases. Posteriormente asistí a un par de clases y a unas prácticas, pero ya no me sentía cómoda. Esas personas desdeñosas no representaban mi idea de bailarines de tango. Nadie bailaba conmigo y después yo tampoco tenía interés en bailar con nadie. Era como si las leyes tangueras de sintonía y cercanía se hubieran roto en mi vida. Tal vez, como lo había dejado, no podría recuperarlo jamás...

Centro integral de arte y danza "Black Swan" 

Yazmín Garnelo —bailarina magnífica,  trabajadora ardua y, esencialmente, persona maravillosa— es la orquestadora de este magnífico lugar ubicado en la bellísima colonia San Rafael.  El sitio tiene todos los elementos para que ocurra la magia y yo la presencié ayer otra vez.

Llegué a la práctica de los viernes que, bajo el proyecto de "No Drama Tango", tiene la consigna de empezar con la dirección de un maestro de tango distinto cada semana. Arribé tímida, reservada, y cuál fue mi sorpresa que, a pesar de lo oxidada que me siento, nunca dejé de bailar. El ambiente exudaba cordialidad, empatía y la sensualidad propia de esta danza tan íntima.

Fui muy feliz. En un par de ocasiones incluso me sentí una magnífica bailarina y, más allá de eso, una mujer que, moviendo los pies al ritmo de la música, podía expresar su calidad y su condición femenina a fuerza de moverse gracias a la marca de los otros.

Las paredes del estudio, adornadas de estampas de la vida tanguera bonaerense, se volvieron mis amigas. Una vez más, como hace mucho no pasaba, el tango me encontró mientras este me marcaba un boleo y aquel me estrechaba en un abrazo de baile tan íntimo, que incluso los cruces adquieren un nuevo sentido de complicidad y confianza entre un par de desconocidos con un interés común: la expresión artística de sus almas a través del cuerpo.

Yazmín volvió a empezar con la apertura de su centro, así que, me quedé pensando: no habrá mejor atmósfera para que el hado y yo volvamos a bailar tango juntos, para que yo vuelva al acercarme a mis musas, que el Centro integral de arte y danza "Black Swan".

 Aquí está la página del Estudio Black Swan.

lunes, 16 de junio de 2014

Don't forget me, I beg, I remember you said...

This is for you, my friend...

domingo, 13 de abril de 2014

Uña enterrada

Soy necia. Las uñas se me entierran una, otra y otra vez, y por más que me prometo no volver a usar el castañascortauñas, lo cierto es que cada vez que siento que las uñas de los pies me crecen mínimamente, las corto "un poco" y ese poco termina dejando siempre algún pico chiquito que me molesta muchísimo. Siempre regreso al podólogo con el problema de una uña enterrada y le prometo que no volveré a confiar en mis pésimas habilidades...

En este episodio, el más reciente de todos, pude percibir dónde estaba el error: el corte no es parejo y queda una parte más larga. Es una parte mínima,  imperceptible para el ojo, pero tan molesta que el dedo gordo empieza a hincharse. Como siempre, me reprendí por no esperar la cita con el podólogo, pero uno tiene que ir aprendiendo así que, a diferencia de las ocasiones anteriores, esta vez pensé: mañana mismo voy por ayuda.

viernes, 4 de abril de 2014

Brisa

Hoy en la clase tuve una mala experiencia. De pronto, un par de adultos de séptimo semestre del sistema abierto -en los treinta o a punto de alcanzarlos- se rieron de mí. Sí, me sentí insegura, como cuando cursaba la preparatoria, aquellos días en que apenas abría la boca y era objeto de burlas. Pero ya no soy esa. También soy una adulta que rasguña los treinta. Los miré fijamente. Aunque estudiemos letras, en algunos casos, para los necios, las palabras no resultan suficientes, pero la mirada sostenida es remedio suficiente para su cobardía.

Salí de la clase molesta e incomoda. Volví a pensar en las discusiones que he sostenido con con la gente que sí tiene la mente abierta y que, como yo, ha sido discriminada constantemente so cualquier pretexto por quienes emplean la bandera de la equidad, muchos de los cuales obtuvieron o buscan un título de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Me dio pena por este país. Seguramente algunos de estos jóvenes adultos se convertirán en académicos o realizarán actividades relacionadas con las humanidades, sin recordar que la palabra viene de humánitas y que humánitas es humanidad, civilización, gentileza...

Me fui decepcionada. No por la lección académica, que había resultado valiosísima para mi camino hacia el saber, sino por la noción aterradora de que algunos humanistas pueden ser todo menos humanos. Entonces vi a una chiquita de cuatro años jugando con su Barbie. Yo estaba afuera de un salón esperando a una amiga mientras que ella, junto con su papá, esperaba a su mamá. La niña contaba la historia de Caperucita y, no solo eso, también la actuaba. Me la actuaba. Reímos diez o quince minutos gracias al histrionismo con que me narraba la historia del Lobo y su inventiva para crear personajes, mismos que iba guardando dentro de su bolsa de plástico, junto a la Barbie. "Esta niña es una artista", pensé.

Cuando salió, me di cuenta de que ya conocía a la madre: una señora de pelo crespo y siempre en falda, que va desde no sé dónde a estudiar, quien con una hija en plena edad de juego, trae siempre la tarea resuelta; una señora cuyas preguntas son inteligentes y novedosas. Entonces el malhumor dio paso a la alegría: si Brisa y su mamá están también en el futuro, mi mente se refresca con la brisa de esperanza.

sábado, 15 de marzo de 2014

No hay de otra...

"El amor no se elige, te elige... un día te das cuenta que es difícil estar lejos de él, que cuando estás con él piensas que dentro de un rato él se irá y lo besas con tanta pasión como si ese beso fuese a parar el tiempo o a darte mas minutos con él. El amor ya te escogió y tu tienes que dejarte llevar."

Julio Cortázar

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un recuento

Un año acaba y con él llega la costumbre de hacer un recuento. Quizá por nuestra educación moral, se nos obliga a calificar de bueno o malo un año. Hay que hacer un balance. Es un deber.

Pues bien, me rehúso, al menos en la teoría, a llevar a cabo una calificación de todo lo que viví en el año. Algunas cosas son públicas; otras, tan privadas que solamente mi propio espíritu podría delatarme, e incluso así me estaría revelando asuntos que desconozco.

Este año me desdoblé. Fui yo, pero también fui otra que no conocía. Y esa otra me asustó. Se apoderó de mí. Eso no me hizo menos responsable de mis actos, pero de pronto me encontré absolutamente dominada por alguien que era yo y que solo se me había aparecido una o dos veces, varios años atrás. Aquellas otras veces duró muy poco tiempo, esta vez, gradualmente, se instaló dentro de mí. Mis yo libraron una batalla que aún ahora, en ocasiones, siguen llevando a cabo. Fue una batalla de meses de soledad, de meses de dolor emocional, de incertidumbre que creí que me llevaría a la locura. Incluso ahora lo recuerdo y se me llenan los ojos de lágrimas. Pienso en cómo fui perdiendo los estribos, en cómo me hundí y en cuánto trabajo me costó levantarme.

Hubo testigos incansables. Constantes. Hubo, desafortunadamente, víctimas. Gente a la que lastimé en el proceso de transformarme. En la crisis de convertirme en quien no sabía que era... Hubo también quienes no supieron bien qué sucedía conmigo, pero me apoyaron sin necesidad de conocer detalles. A ellos les estoy inmensamente agradecida.

Al principio, sentí mucho dolor, adicional a la desesperación de sentirme al borde de la locura, porque me dio la impresión de que no me entendían. Sentí que aquella gente en quien confié ciegamente, me había dado la espalda. Pero ni confié tanto, ni tampoco tendrían por qué no habérmela dado.

Poco a poco, todo fue esclareciéndose. A fuerza de decidir que no quería seguir llorando,de reconocer que había caído, de aceptar que también soy esa otra , la que fue destrozándome, renací de las cenizas. Fue un proceso muy personal. Probablemente, incluso quienes lo vivieron de cerca consideren que exagero; sin embargo, tal fue mi proceso interno. Lentamente, mis fibras fueron regenerándose con lo que quedaba de mi yo antigua y se fundieron con esa otra que me negué a reconocer. En el horno donde se llevó a cabo la mezcla, perdí a gente que me importaba, otra decidió cambiar nuestra relación de tajo. Tuve que decir adiós a algunas de las personas en cuyo sendero me imaginé por siempre, pero también recuperé a otras de quienes ya me había despedido. En la oscuridad absoluta, yo fui mi propia luz. Cuando vi hacia abajo y miré el abismo, creí que inevitablemente caería; antes bien, cuando las lágrimas dejaron de obnubilarme el pensamiento, volteé y me di cuenta de que había quienes me observaban y me decían, en silencio, "a pesar de que puedes caerte, a pesar de que no podemos detenerte, estamos aquí para decirte que nos importas."

En la soledad absoluta, la del alma acongojada, decidí perdonarme y regresar al mundo. Busqué ayuda profesional para combatir mis demonios. Entonces, a fuerza de nombrarlos, fui liberándome de ellos. Gracias a eso, fui capaz de retomar la pluma, de escribir. De dejar de procastinar. Empecé a actuar.

Así que me da la impresión de que, en mi caso, este año no hay balances, las cosas solamente sucedieron. Ocurrió que padecí tantas enfermedades como nunca, que primero bajé de peso y luego subí. Ocurrió que crecí. Por primera vez en la vida ya no me siento una niña. Por primera vez en la vida me di el valor como lo que efectivamente soy. Viajé. Escribí sin tabúes. Perdí amistades. Gané amistades. Me gané a mí.

Definitivamente, en 2013 no puedo presumir que leí muchísimo -porque no es cierto-, ni que llegué a mi peso ideal -porque estaría mintiendo-, pero sí puedo contar a quien quiera leer, que me siento más cerca de encontrarme.

Mi gran logro de 2013 es que soy más honesta conmigo, y vaya que me costó recorrer un camino que nunca había atravesado.

Quiero agradecer a mi familia, a mis amigos y también a quienes, por lo que sea, no pudieron quedarse conmigo.

Que 2014 sea un año de estabilidad, ya que este me sacó de control en todo sentido.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Trigémino o el peor dolor de mi vida

De pronto, me duele un nervio cuya función no me queda clara, aunque por la medida del dolor, ahora sé que es importante. Se llama trigémino. ¿De qué se trata? Ni entendí bien. Mi organismo estaba tan aturdido desde los dientes hasta la frente, que no digerí bien la explicación que me dio la dentista. Tampoco la que, horas después, me dio la doctora. Solo sé que desembolsé muchísimo dinero en la farmacia porque la medicina para relajar la articulación maxilotemporal es proporcionalmente cara al dolor que provoca, y que por supuesto, aunque uno no sea millonario, está dispuesto a pagar el precio que sea por un extintor que apague las quemaduras que provoca ese cable que, de buenas a primeras, se ha convertido en el  protagonista del organismo.

Aunque el alivio llega, la cara está paralizada por tanto sufrimiento. Los ojos están hinchados, no solo porque el nervio alcanza la cara, sino porque en la madrugada, mientras me retorcía como renacuajo, experimenté un ataque de pánico. Con razón le llaman el dolor del suicidio. Me tomé tantas medicinas para calmarlo que es un milagro que no me hayan tenido que internar en el hospital para lavarme el estómago. Mi hermano me decía que no llorara, porque con el llanto la mandíbula se tensa y el dolor aumenta. Todo lo escuchaba lejano. Solo sentía las vibraciones, el ardor, el miedo de morirme de dolor. No exagero. Otras veces sí, pero esta vez no. Sentí que me moriría de dolor. Sentí luego que me moriría de una sobredosis de medicamento. Luego lloré. El llanto calmaba el dolor y luego lo exponenciaba.
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Seis de la mañana. Mi mamá despierta. Mi hermano durmió dos horas. Yo dormida. Me venció el cansancio, pero aún dormida sentía dolor. Soñaba dolor. Al fin, mi mamá me dio un ketorolaco sublingual cuando pasó tiempo suficiente para pensar que podía tomarme otra cosa. No sé si exagero al decir que agonicé (ahora sí, no lo sé). Incluso mi perra se sentó a mi lado, me enjugó las lágrimas con la lengua. Me cuidó.

Estoy escribiendo esta entrada con una mezcla de sueño y dopaje. Las medicinas son tan fuertes que me provocan sueño todo el tiempo. Al menos si duermo, no me duele. Las inyecciones también me paralizan de dolor. Es complejo B, para reforzar al nervio, pero para alguien que no se enferma (bueno, después de este año ya no sé si puedo seguir diciendo eso) estas experiencias son nuevas.

Para colmo, los medicamentos me han provocado gastritis. Así que hay que tomar oootro medicamento para la gastritis. Eso y té. Té, té y más té. Y homeopatía. Y lo que sea para que el trigémino deje de manifestarse. Quiero paz. Negociemos. ¿Qué necesitas? ¿Aumento de sueldo? ¿De complejo B? Comunícate, pero no con más dolor, con señales positivas. Por favor, comunícate.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Existen relaciones que se resquebrajan sin remedio. Hay muchos dolores en medio. Muchas palabras que debieron pronunciarse, muchas distinciones que duelen. Es natural, supongo, que en algunos casos ya no se recupere la confianza ni la intimidad y que, eventualmente, la indiferencia asfixie al cariño.
Se vale cansarse. Se vale cambiar y dejar gente en el camino. Hay que perder peso para alzar el vuelo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Amistad, amor o algo de fierro viejo

El sábado fui al doctor: meses de crisis lo ameritaban. Resulta que tengo agotamiento emocional somatizado en el cuerpo. ¿Le cae? Pensé, pero de inmediato reflexioné. A quien no le cae es a mí. 

Será, tal vez, que me exijo demasiado y por eso no termino nada. Era pregunta, aunque me pareció más adecuado puntuarla como oración declarativa y no como interrogativa... Han pasado muchas cosas este año. Algunas cosas se saben, otras no. Pero todo ha pasado, todo y nada. Estas paradojas que en Lógica dicen que no pueden ocurrir y que, sin embargo, pasan. Así pasó todo y también pasó  nada que, después de un ciclón, me dejó devastada. Un huracán llamado Charbelí alcanzó pronto la máxima categoría y dejó en ruinas mi universo. Apenas me recupero del dolor que aún me duele.  Apenas me perdono los daños. Poco a poco, pero un poco a poco que me tiene tirada en cama emocional o, pero aún, andando como una sonámbula emocional. Para un lado y para otro, sin rumbo busco, suplico encarecidamente una esperanza. 

Así que sí, soy como un pepenador solicitando amistad, amor o algo de fierro viejo que vendan...  ¿Cómo no voy a estar agotada?

sábado, 14 de septiembre de 2013

Tango Blanco del Águila

Conocí a Yaz y a Leo hace ya algunos años. Francamente, no recuerdo cuántos, pero sí sé que empezamos a ir a clases Maricela, Alma y yo porque Penny y Aldo tomaban tango. Íbamos a una academia de baile situada sobre avenida Baja California. De vez en cuando nos encontrábamos con Leo y Yaz en el café de cubanos que estaba en Cholula y Eje Cuatro, a una cuadra de la academia. Yo no tenía ni idea de cómo se bailaba el tango salvo por las presentaciones que había visto algunas veces y que me hacían pensar que nunca podría bailar una danza tan íntima. Creí que solo podría soñar con la ejecución de los movimientos gráciles y coquetos sin que jamás pudiera aventurarme a llevarlos a cabo... y luego los conocí a ellos.

Durante año y medio que fui constante en las clases, Yaz y Leo se encargaron de tirar todos los prejuicios que sentía con respecto a la manera de mover mi cuerpo y, con su apoyo, me hicieron comprobar que había un rayito de esperanza que poco a poco fue abriéndose paso en medio de la oscuridad de mis movimientos. "Ponte flojita, Charbe", me decían al principio. "Déjate guiar por tu pareja". Poco a poco, sin importar el peso, me sentí más ligera. De pronto podía responder a las marcas, milagrosamente decía yo, aunque en realidad no era un milagro, sino un trabajo arduo y en equipo, con mis parejas de práctica y con mis grandes maestros.

Estoy consciente, porque yo fui y luego lo vi, que ellos dos pueden hacer que cualquiera baile. No es solo la técnica, es la manera como le tienen fe ciega a la gente aun pese a que, muchas veces, uno mismo no se la tiene. Por supuesto, yo conocía -y hasta exageraba- mis limitaciones, por lo tanto me quedaba claro que, a pesar de transformar mis dos pies izquierdos en un par de extremidades rítmicas, lo cual ya en sí mismo era mucho, no me convertiría en bailarina profesional.

Esa nunca fue mi intención. Lo que yo quería era emular un poco de todo lo que el tango, con su música y sus movimientos, me hacía sentir. Quería ser capaz de expresar con el cuerpo aquellas cosas que sentía. Y me parece que lo logré.

En el camino de descubrirme en una faceta totalmente nueva para mí, Yaz y Leo me dieron una lección de vida. Cuando la academia cerró, empezamos a peregrinar por la Condesa. Ellos buscaban lugares a sabiendas de que, tal vez, la semana siguiente ya no podríamos bailar ahí y sería necesario buscar otro lado. A veces tenían una clase de 10 personas; otras, una de tres. En ocasiones, uno de esos tres no podía pagar la sesión y ellos esperaban, pese a que todos sabíamos que el tango era su modo de vivir y sobrevivir.

Jamás en la vida he recibido una mala cara, un maltrato o una palabra de desaliento. Al contrario, siempre han sido amables y comprometidos conmigo, con mi aprendizaje, con mi bienestar. Me sorprende cómo pueden dos personas derrochar tanta magia sin miedo a que se les acabe, a pesar de las adversidades, de las vicisitudes, de todo por lo que han tenido que pasar para vivir de aquello que de verdad aman: bailar.

Me queda claro que su magia es infinita. No ha habido un día que los haya visto dar clase, bailar, bromear y que esa magia se les acabara. Al contrario, parece que conforme crecen, la magia se afianza más a ellos. Me sorprende ver cómo, con mucho trabajo, han consolidado la Escuela y Compañía Tango Blanco del Águila, y uno va a sus clases y siguen siendo los mismos que hace unos años eran nómadas en busca de un lugar donde establecerse.
Y pensar que hay tanta gente que no alcanza sus sueños e, instalados en sus alternativas, pierden el piso. Sin embargo, ellos tienen muy claro que sin suelo no hay fricción y que sin fricción no hay baile.

Así que, por si a alguien no le ha quedado claro cuál es la lección de vida que Yaz y Leo traen a cuestas es que hay que fundar los sueños y construirlos en la realidad. Por supuesto, ese camino trae consigo sacrificios, momentos difíciles, dolor y frustración, pero al final, que curiosamente se convierte en un principio nuevo, ellos han podido navegar sobre un mar real de sueños trabajados y edificados gradualmente.

Me siento privilegiada de atestiguar cómo la Escuela y Compañía Tango Blanco del Águila ha emprendido el vuelo y espero que, de ahora en adelante, el viento siempre sople a favor.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La Selección Mexicana como un producto comercial

La selección mexicana de futbol está en crisis. No digo nada nuevo, ni mi intención es dar una opinión de experta, pues no lo soy; sin embargo, sí consumo un servicio deportivo que, en realidad, se convierte en un servicio de entretenimiento, y como tal puedo opinar sobre la ejecución de un bien en que invierto tiempo y dinero.

Desde mi punto de vista de consumidora de la selección mexicana, que prende la televisión para ver los partidos, que ocasionalmente ha sido invitada a alguno y que ha pagado su boleto para verla en el Estadio Azteca, lo que sucede con la selección se compara con lo siguiente:

Yo quiero ir a un hotel spa para relajarme. Veo unas fotos en internet, después voy, y todo es maravilloso: la atención personalizada, la alberca está limpia, el personal es amabilísimo, los alimentos gourmet se deshacen en mi paladar y el spa me revitaliza. En mi recuerdo se impregna la idea de que ese spa es maravilloso, el mejor al que he ido, y en futuras ocasiones no puedo esperar más que el servicio mejore o, en todo caso, se quede igual.

Poco a poco, veo que el hotel spa se vuelve más y más famoso. Ha hecho alianzas comerciales con muchísimas marcas que me gustan, con marcas de camas de masaje, aceites y sales terapéuticas, maquillaje y cremas hechas a base de plantas, entre otras cosas. La siguiente vez que voy, el lugar es más caro, pero ¡ah, cómo vale la pena!. Me refresca. Rejuvenezco estando ahí, me da esperanza. Las alianzas comerciales se ven ya por todo el hotel, pero no me molestan, por el contrario, el lugar luce más. Conforme avanza el tiempo va siendo más difícil reservar. Todo el mundo quiere ir. La gente confía en el lugar, en que aquello que va a ganar es un intercambio justo por las sumas que desembolsa acudiendo ahí. Incluso, el hotel es rankeado por varias revistas de viajes como el quinto mejor del mundo.

Antes bien, un día se viene abajo. Seguramente, le empieza a ir mal desde antes de que yo me dé cuenta y por razones ajenas a mí, pero yo, que no soy experta, solamente veo los resultados. Para mí, aquel hotel del que antaño gozara tanto, primero como un íntimo lugar de descanso y luego en su faceta como un lugar exclusivo, se viene abajo. La siguiente vez que acudo, está vacío. En los rankings se comenta que hay hoteles en Panamá u Honduras que ya están a su altura e, incluso, lo superan. Las paredes se ven viejas, desgastadas, a pesar de que apenas hace un par de años lo remodelaron. Muchas de las empresas con quienes se aliaron comercialmente han retirado sus apoyos, lo que ha ocasionado que el pueblo en el que está ubicado haya dejado de ser próspero. Las familias se separan porque hay que buscar trabajo en otro lado, pues el hotel ya no puede ser el sostén del pueblo.

En cuanto a mí, yo le soy fiel al hotel, pero mis conocidos han dejado de frecuentarlo. ¿Por qué hacerlo si ahora los meseros son mal encarados y altaneros, si la piscina está sucia y las habitaciones desgastadas? A veces, la masajista no asiste y el tratamiento que había uno apartado se queda en donde la mente almacena los deseos frustrados.

Finalmente, el hotel spa tiene solo dos opciones: reestructurarse o quebrar. Está pasando por una crisis y el tiempo en que solamente podía vivir de la fama quedó atrás. Ahora necesita ofrecer algo más a los miles de clientes que cautivó y que, a pesar de ser fieles, están decepcionados.

No miento cuando digo que no conozco una afición tan fiel como la mexicana. Mi abuelo sigue apasionándose a la selección mexicana; enciende el televisor puntualmente a pesar de que se sienta profundamente enojado y tocado porque la delegación de este país pierde. Se regocija si gana, se entumece si no; no obstante, ahí se queda, al pie del cañón, en espera de que mañana sea otro día. Él, como otros miles, se merece una selección rankeada como la quinta mejor selección del mundo. Los jugadores, el cuerpo directivo y los administradores del equipo se alquilan muy caro para que sus acciones, materializadas en goles, se encuentren siempre a la altura de los fieles consumidores del producto llamado selección mexicana. Se merecen, por tanto, un servicio al cliente excelente y proporcional a sus acciones -como empeñar la casa para irse al mundial, por ejemplo-. Desafortunadamente la selección, en ese rubro, porque sinceramente no sé nada de otros, deja mucho que desear.

sábado, 24 de agosto de 2013

Sigo

Aquí estoy, esperándote, aunque nunca regreses, siempre estaré aquí, mi querido amigo.

lunes, 15 de julio de 2013

Reconstrucción

Estuve enamorada. Como canción de Raphael, El divo de Linares. Por una época, me sentí correspondida. Pensé entonces que no había nada mejor que el amor que se corresponde. Fue maravilloso y, después, sumamente doloroso.

No pretendo decir que no volveré a enamorarme, a pesar de que el corazón me late con violencia a causa del miedo que me provoca. Solo sé que el desamor me dejó hecha un guiñapo y que es tiempo, una vez más, de recoger mis pedacitos y reconstruirme. No queda más que eso. Reconstruirme. Tal vez quedaré como un Picasso, pero, aunque no lo entendamos, Picasso es arte.

Los pros de esta situación ya los empecé a ver: mucha escritura y un reacomodo de gente. Las desventajas: el desamor mismo y la desesperanza.

Fui muy dichosa mientras estuve enamorada. Es una pena que haya terminado.

sábado, 6 de julio de 2013

Música para Sanelia


De pronto, no sé cómo, Sanelia me encontró. En toda la blogósfera, sus ojos coincidieron con este blog y de aquí no se ha ido.

Entré a leer el blog que ella escribe y me enteré de que le gusta la música. Así que decidí hacerle un post con música, a ver qué de lo que le pongo le gusta.

Esto, Sanelia, es en agradecimiento a tu dedicación y a que llegaste en un momento muy difícil. Tu compañía cibernética me ha ayudado mucho.

 Break the Walls. Fitz and the Tantrums
 

It's not true. Keane
 
La arrolladora banda El limón
(Esta es de una banda en México que es muy, muy famosa)


Clone. Metric
 

Mentira, mentira. Javier Solís 
(Esta la escucho por mi abuelo)
 
These things. She wants revenge
 
Polonesa. Chopin

Bálsamos

De nuevo a buscar luz en donde todo parece oscuridad.  ¿La ventaja? Cualquier rayito contrasta con la negrura del espacio y da esperanza.

Me estoy volviendo loca, me digo a diario. Pero últimamente las distracciones son tantas y tan cuerdas, que me permiten olvidar el inevitable punzón que me penetra incansable.

Los rayos son, por ejemplo, la creación. Esa concesión que el universo le da a algunos seres entre los cuales yo me cuento. Soy afortunada de que el cosmos me deje jugar a que creo. Y he creado: en el trabajo, como entretenimiento, en Facebook, todo el tiempo estoy creando historias: de dos renglones, de cinco, de varias cuartillas, todo el tiempo estoy pensando en qué decir porque no puedo decir lo mío. Seguramente se lee entre líneas o, en ocasiones como esta, lo plasmo en este espacio de dos punto cero.

A veces, la ansiedad regresa y hace temblar mi interior como si tuviera mal de Parkinson. Esta semana volví a tener uno de esos episodios que no le deseo a nadie, uno de esos de destrucción. No obstante, tal vez sea cierto eso que dicen: hay que destruir para crear. Una estrella se destruye y crea tantas cosas. Un ser se destruye para reproducirse y crea otros seres más. Se divide.

Tal vez esa es mi naturaleza. Yo, que soy una nómada espiritual y busco incansablemente un lugar donde estar. Quizá nunca lo encuentre y lo que tengo que hacer es, precisamente, dejar de buscar, dejar de añorarlo. Quizá tengo que destruir, pero no ser antropófaga de mis propios órganos, de mi propia piel.

Sí. He llegado a estas conclusiones, que por el momento me dan paz, gracias a que he creado después de haberme hecho pedazos. ¿Para qué echarle la culpa a los demás si lo que he aprendido en estos últimos tiempos es que todos somos pasajeros en un tren y que, por largo que el camino sea, eventualmente nos bajamos?

De pronto me cansé de luchar porque la humanidad sepa que valgo. De pronto me cansé de la gente, del mundo, de la sociedad en la que vivo. De todas las sociedades. De pronto lo que ansío es un buen libro, una buena herramienta para escribir y echarme, como hace mi perrita, a limpiarme las heridas. Es como si hubiera librado una batalla tan grande dentro de mí que, ahora, no queda más que contabilizar las bajas, y limpiar los escombros. ¡Cuántos recuerdos removeré en el proceso de purificación! No pinta para que los 27 pasen fácilmente, ni tampoco para que pasen en compañía. 

La compañía, aunque siempre la agradezco mucho, puede ser un lastre. Después uno exige porque no la tiene, y luego los otros no entienden el dolor cuando no la brindan. Así que, gracias a los que han estado como han podido, y a los que no, hasta nunca. 

miércoles, 3 de julio de 2013

Desahogo

Hace algunos años, unos amigos y yo nos dedicábamos a planear sorpresas por los cumpleaños.  Tocaba la sorpresa de una de mis amigas que en el nombre lleva al mar y al cielo y en el alma lleva al agua tatuada. Decidimos llevarla a la playa. Solo un día, ida y vuelta.

Estuvimos muy contentos y, de pronto, como a las seis de la tarde, justo cuando los pescadores regresaban a la orilla, decidimos despedirnos de aquella jornada paradisíaca vistiéndonos una vez más de mar.

Primero bromeábamos entre las olas y, luego, nos dimos cuenta de que el mar ya no quería visitas. En su furia por nuestra irrupción, fue envolviéndonos en sus tentáculos.

Yo gritaba. Tan fuerte como la voz me daba. Me sentía cada vez más alejada de mis amigos y las olas me revolcaban. "Me voy a ahogar", pensé en el momento en que vi una ola gigantesca e intenté nadar hacia la cada vez más obnubilada orilla.

Justo antes de que me ganara el mar, grité a todo pulmón. Mi amiga apenas escuchó un susurro, pero fue suficiente para que volteara. Y me dio la mano, y me salvó. Ella y yo pudimos regresar a la orilla sin que los pescadores nos ayudaran, así que supongo que no estuvimos al borde de la muerte ni mucho menos. Con mis otros dos amigos, la historia fue distinta: estaban tan lejos que necesitaron ayuda.

Poco a poco, preferimos enterrar la anécdota, pero, ahora que lo pienso, la sensación que me embarga últimamente es esa de que una especie de mar interno me engulle y me lleva a lugares insospechados. En esta ocasión, no hay nadie que me salve de mí, ni yo misma, aunque el apoyo de quienes han estado es muy valioso, porque me obliga a seguir nadando.

Creo que nunca agradecí suficiente a esa amiga que me salvó del mar, pero ojalá que algún día lea esto y sepa lo importante que fue para mí que, en ese preciso instante en que la inmensa ola estaba por arrastrarme, me tendiera la mano.

Es una lástima que, ahora, la historia sea distinta: aunque nadie pueda salvarme de mí misma, siempre se agradecerá la mano ofrecida.

martes, 2 de julio de 2013

Goma de mascar

Este aprendizaje me ha costado días enteros de buscar mis pedazos. Me estoy reconstruyendo. Soy como un cúmulo de bloques de Jenga: mal acomodados, quebradizos, escandalosos al caer.

A veces me da la impresión de que, en realidad, no he aprendido nada. No conozco nada. Nada es asequible, ni yo misma, ni mi alma.

Esos seres vivientes que transitan a mi alrededor me recuerdan que yo también sigo viva, porque todo lo que traigo dentro me sacude y me lleva, como un tsunami, a la sinrazón.

Al principio, suplicaba entendimiento y empatía. Ahora ya no me importa si lo tengo. La mayoría del tiempo es como si me hubiera copiado con papel calca: una reproducción imprecisa de mí misma que sustituyó a una original, o quizá a otra copia, no tan deficiente como esta.

Me miro y luego me tomo una foto. Justo antes de tomarla, me veo de una manera, luego me aprecio en la imagen congelada y ya no reconozco quién es.

¿Quién soy? Me pregunto a diario para intentar recordarlo. ¿Cuál es el espacio que ocupo cuando me muevo, cuando me quedo estática?

Aparentemente soy inocua, pero al final y en el fondo soy más bien nociva. Como una bomba: últimamente tengo la sensación de que voy a explotar.

Digan lo que digan, las bombas no le hacen bien a nadie. Ni las bombas de goma de mascar: uno las compra, las mastica y luego se entretiene solo o con amigos haciendo bombas, con mayor volumen cada vez. A mayor volumen, mayor probabilidad de que exploten. Cuando esto sucede y la bomba adquiere dimensiones insospechadas, la diversión se compromete: uno se embarra el pelo y la piel del rostro queda pegajosa. La primera vez, uno se ríe. La segunda, se sonríe apenado y, para la tercera, los dedos ya también tienen melcocha y la goma ya no sabe a nada; la mandíbula duele por tanto mascar. Uno termina sacándose el dulce de la boca y tirándolo a la basura.

Una amiga me dijo que la gente rechaza lo que desconoce. Yo añadiría que, además, lo escupe para sacarlo del sistema, justo como cuando uno ya no quiere el chicle.