domingo, 13 de abril de 2014

Uña enterrada

Soy necia. Las uñas se me entierran una, otra y otra vez, y por más que me prometo no volver a usar el castañascortauñas, lo cierto es que cada vez que siento que las uñas de los pies me crecen mínimamente, las corto "un poco" y ese poco termina dejando siempre algún pico chiquito que me molesta muchísimo. Siempre regreso al podólogo con el problema de una uña enterrada y le prometo que no volveré a confiar en mis pésimas habilidades...

En este episodio, el más reciente de todos, pude percibir dónde estaba el error: el corte no es parejo y queda una parte más larga. Es una parte mínima,  imperceptible para el ojo, pero tan molesta que el dedo gordo empieza a hincharse. Como siempre, me reprendí por no esperar la cita con el podólogo, pero uno tiene que ir aprendiendo así que, a diferencia de las ocasiones anteriores, esta vez pensé: mañana mismo voy por ayuda.

viernes, 4 de abril de 2014

Brisa

Hoy en la clase tuve una mala experiencia. De pronto, un par de adultos de séptimo semestre del sistema abierto -en los treinta o a punto de alcanzarlos- se rieron de mí. Sí, me sentí insegura, como cuando cursaba la preparatoria, aquellos días en que apenas abría la boca y era objeto de burlas. Pero ya no soy esa. También soy una adulta que rasguña los treinta. Los miré fijamente. Aunque estudiemos letras, en algunos casos, para los necios, las palabras no resultan suficientes, pero la mirada sostenida es remedio suficiente para su cobardía.

Salí de la clase molesta e incomoda. Volví a pensar en las discusiones que he sostenido con con la gente que sí tiene la mente abierta y que, como yo, ha sido discriminada constantemente so cualquier pretexto por quienes emplean la bandera de la equidad, muchos de los cuales obtuvieron o buscan un título de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Me dio pena por este país. Seguramente algunos de estos jóvenes adultos se convertirán en académicos o realizarán actividades relacionadas con las humanidades, sin recordar que la palabra viene de humánitas y que humánitas es humanidad, civilización, gentileza...

Me fui decepcionada. No por la lección académica, que había resultado valiosísima para mi camino hacia el saber, sino por la noción aterradora de que algunos humanistas pueden ser todo menos humanos. Entonces vi a una chiquita de cuatro años jugando con su Barbie. Yo estaba afuera de un salón esperando a una amiga mientras que ella, junto con su papá, esperaba a su mamá. La niña contaba la historia de Caperucita y, no solo eso, también la actuaba. Me la actuaba. Reímos diez o quince minutos gracias al histrionismo con que me narraba la historia del Lobo y su inventiva para crear personajes, mismos que iba guardando dentro de su bolsa de plástico, junto a la Barbie. "Esta niña es una artista", pensé.

Cuando salió, me di cuenta de que ya conocía a la madre: una señora de pelo crespo y siempre en falda, que va desde no sé dónde a estudiar, quien con una hija en plena edad de juego, trae siempre la tarea resuelta; una señora cuyas preguntas son inteligentes y novedosas. Entonces el malhumor dio paso a la alegría: si Brisa y su mamá están también en el futuro, mi mente se refresca con la brisa de esperanza.

sábado, 15 de marzo de 2014

No hay de otra...

"El amor no se elige, te elige... un día te das cuenta que es difícil estar lejos de él, que cuando estás con el piensas que dentro de un rato el se irá y lo besas con tanta pasión como si ese beso fuese a parar el tiempo o a darte mas minutos con él. El amor ya te escogió y tu tienes que dejarte llevar."

Julio Cortázar

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un recuento

Un año acaba y con él llega la costumbre de hacer un recuento. Quizá por nuestra educación moral, se nos obliga a calificar de bueno o malo un año. Hay que hacer un balance. Es un deber.

Pues bien, me rehúso, al menos en la teoría, a llevar a cabo una calificación de todo lo que viví en el año. Algunas cosas son públicas; otras, tan privadas que solamente mi propio espíritu podría delatarme, e incluso así me estaría revelando asuntos que desconozco.

Este año me desdoblé. Fui yo, pero también fui otra que no conocía. Y esa otra me asustó. Se apoderó de mí. Eso no me hizo menos responsable de mis actos, pero de pronto me encontré absolutamente dominada por alguien que era yo y que solo se me había aparecido una o dos veces, varios años atrás. Aquellas otras veces duró muy poco tiempo, esta vez, gradualmente, se instaló dentro de mí. Mis yo libraron una batalla que aún ahora, en ocasiones, siguen llevando a cabo. Fue una batalla de meses de soledad, de meses de dolor emocional, de incertidumbre que creí que me llevaría a la locura. Incluso ahora lo recuerdo y se me llenan los ojos de lágrimas. Pienso en cómo fui perdiendo los estribos, en cómo me hundí y en cuánto trabajo me costó levantarme.

Hubo testigos incansables. Constantes. Hubo, desafortunadamente, víctimas. Gente a la que lastimé en el proceso de transformarme. En la crisis de convertirme en quien no sabía que era... Hubo también quienes no supieron bien qué sucedía conmigo, pero me apoyaron sin necesidad de conocer detalles. A ellos les estoy inmensamente agradecida.

Al principio, sentí mucho dolor, adicional a la desesperación de sentirme al borde de la locura, porque me dio la impresión de que no me entendían. Sentí que aquella gente en quien confié ciegamente, me había dado la espalda. Pero ni confié tanto, ni tampoco tendrían por qué no habérmela dado.

Poco a poco, todo fue esclareciéndose. A fuerza de decidir que no quería seguir llorando,de reconocer que había caído, de aceptar que también soy esa otra , la que fue destrozándome, renací de las cenizas. Fue un proceso muy personal. Probablemente, incluso quienes lo vivieron de cerca consideren que exagero; sin embargo, tal fue mi proceso interno. Lentamente, mis fibras fueron regenerándose con lo que quedaba de mi yo antigua y se fundieron con esa otra que me negué a reconocer. En el horno donde se llevó a cabo la mezcla, perdí a gente que me importaba, otra decidió cambiar nuestra relación de tajo. Tuve que decir adiós a algunas de las personas en cuyo sendero me imaginé por siempre, pero también recuperé a otras de quienes ya me había despedido. En la oscuridad absoluta, yo fui mi propia luz. Cuando vi hacia abajo y miré el abismo, creí que inevitablemente caería; antes bien, cuando las lágrimas dejaron de obnubilarme el pensamiento, volteé y me di cuenta de que había quienes me observaban y me decían, en silencio, "a pesar de que puedes caerte, a pesar de que no podemos detenerte, estamos aquí para decirte que nos importas."

En la soledad absoluta, la del alma acongojada, decidí perdonarme y regresar al mundo. Busqué ayuda profesional para combatir mis demonios. Entonces, a fuerza de nombrarlos, fui liberándome de ellos. Gracias a eso, fui capaz de retomar la pluma, de escribir. De dejar de procastinar. Empecé a actuar.

Así que me da la impresión de que, en mi caso, este año no hay balances, las cosas solamente sucedieron. Ocurrió que padecí tantas enfermedades como nunca, que primero bajé de peso y luego subí. Ocurrió que crecí. Por primera vez en la vida ya no me siento una niña. Por primera vez en la vida me di el valor como lo que efectivamente soy. Viajé. Escribí sin tabúes. Perdí amistades. Gané amistades. Me gané a mí.

Definitivamente, en 2013 no puedo presumir que leí muchísimo -porque no es cierto-, ni que llegué a mi peso ideal -porque estaría mintiendo-, pero sí puedo contar a quien quiera leer, que me siento más cerca de encontrarme.

Mi gran logro de 2013 es que soy más honesta conmigo, y vaya que me costó recorrer un camino que nunca había atravesado.

Quiero agradecer a mi familia, a mis amigos y también a quienes, por lo que sea, no pudieron quedarse conmigo.

Que 2014 sea un año de estabilidad, ya que este me sacó de control en todo sentido.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Trigémino o el peor dolor de mi vida

De pronto, me duele un nervio cuya función no me queda clara, aunque por la medida del dolor, ahora sé que es importante. Se llama trigémino. ¿De qué se trata? Ni entendí bien. Mi organismo estaba tan aturdido desde los dientes hasta la frente, que no digerí bien la explicación que me dio la dentista. Tampoco la que, horas después, me dio la doctora. Solo sé que desembolsé muchísimo dinero en la farmacia porque la medicina para relajar la articulación maxilotemporal es proporcionalmente cara al dolor que provoca, y que por supuesto, aunque uno no sea millonario, está dispuesto a pagar el precio que sea por un extintor que apague las quemaduras que provoca ese cable que, de buenas a primeras, se ha convertido en el  protagonista del organismo.

Aunque el alivio llega, la cara está paralizada por tanto sufrimiento. Los ojos están hinchados, no solo porque el nervio alcanza la cara, sino porque en la madrugada, mientras me retorcía como renacuajo, experimenté un ataque de pánico. Con razón le llaman el dolor del suicidio. Me tomé tantas medicinas para calmarlo que es un milagro que no me hayan tenido que internar en el hospital para lavarme el estómago. Mi hermano me decía que no llorara, porque con el llanto la mandíbula se tensa y el dolor aumenta. Todo lo escuchaba lejano. Solo sentía las vibraciones, el ardor, el miedo de morirme de dolor. No exagero. Otras veces sí, pero esta vez no. Sentí que me moriría de dolor. Sentí luego que me moriría de una sobredosis de medicamento. Luego lloré. El llanto calmaba el dolor y luego lo exponenciaba.
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Seis de la mañana. Mi mamá despierta. Mi hermano durmió dos horas. Yo dormida. Me venció el cansancio, pero aún dormida sentía dolor. Soñaba dolor. Al fin, mi mamá me dio un ketorolaco sublingual cuando pasó tiempo suficiente para pensar que podía tomarme otra cosa. No sé si exagero al decir que agonicé (ahora sí, no lo sé). Incluso mi perra se sentó a mi lado, me enjugó las lágrimas con la lengua. Me cuidó.

Estoy escribiendo esta entrada con una mezcla de sueño y dopaje. Las medicinas son tan fuertes que me provocan sueño todo el tiempo. Al menos si duermo, no me duele. Las inyecciones también me paralizan de dolor. Es complejo B, para reforzar al nervio, pero para alguien que no se enferma (bueno, después de este año ya no sé si puedo seguir diciendo eso) estas experiencias son nuevas.

Para colmo, los medicamentos me han provocado gastritis. Así que hay que tomar oootro medicamento para la gastritis. Eso y té. Té, té y más té. Y homeopatía. Y lo que sea para que el trigémino deje de manifestarse. Quiero paz. Negociemos. ¿Qué necesitas? ¿Aumento de sueldo? ¿De complejo B? Comunícate, pero no con más dolor, con señales positivas. Por favor, comunícate.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Existen relaciones que se resquebrajan sin remedio. Hay muchos dolores en medio. Muchas palabras que debieron pronunciarse, muchas distinciones que duelen. Es natural, supongo, que en algunos casos ya no se recupere la confianza ni la intimidad y que, eventualmente, la indiferencia asfixie al cariño.
Se vale cansarse. Se vale cambiar y dejar gente en el camino. Hay que perder peso para alzar el vuelo.

martes, 12 de noviembre de 2013

Amistad, amor o algo de fierro viejo

El sábado fui al doctor: meses de crisis lo ameritaban. Resulta que tengo agotamiento emocional somatizado en el cuerpo. ¿Le cae? Pensé, pero de inmediato reflexioné. A quien no le cae es a mí. 

Será, tal vez, que me exijo demasiado y por eso no termino nada. Era pregunta, aunque me pareció más adecuado puntuarla como oración declarativa y no como interrogativa... Han pasado muchas cosas este año. Algunas cosas se saben, otras no. Pero todo ha pasado, todo y nada. Estas paradojas que en Lógica dicen que no pueden ocurrir y que, sin embargo, pasan. Así pasó todo y también pasó  nada que, después de un ciclón, me dejó devastada. Un huracán llamado Charbelí alcanzó pronto la máxima categoría y dejó en ruinas mi universo. Apenas me recupero del dolor que aún me duele.  Apenas me perdono los daños. Poco a poco, pero un poco a poco que me tiene tirada en cama emocional o, pero aún, andando como una sonámbula emocional. Para un lado y para otro, sin rumbo busco, suplico encarecidamente una esperanza. 

Así que sí, soy como un pepenador solicitando amistad, amor o algo de fierro viejo que vendan...  ¿Cómo no voy a estar agotada?

sábado, 14 de septiembre de 2013

Tango Blanco del Águila

Conocí a Yaz y a Leo hace ya algunos años. Francamente, no recuerdo cuántos, pero sí sé que empezamos a ir a clases Maricela, Alma y yo porque Penny y Aldo tomaban tango. Íbamos a una academia de baile situada sobre avenida Baja California. De vez en cuando nos encontrábamos con Leo y Yaz en el café de cubanos que estaba en Cholula y Eje Cuatro, a una cuadra de la academia. Yo no tenía ni idea de cómo se bailaba el tango salvo por las presentaciones que había visto algunas veces y que me hacían pensar que nunca podría bailar una danza tan íntima. Creí que solo podría soñar con la ejecución de los movimientos gráciles y coquetos sin que jamás pudiera aventurarme a llevarlos a cabo... y luego los conocí a ellos.

Durante año y medio que fui constante en las clases, Yaz y Leo se encargaron de tirar todos los prejuicios que sentía con respecto a la manera de mover mi cuerpo y, con su apoyo, me hicieron comprobar que había un rayito de esperanza que poco a poco fue abriéndose paso en medio de la oscuridad de mis movimientos. "Ponte flojita, Charbe", me decían al principio. "Déjate guiar por tu pareja". Poco a poco, sin importar el peso, me sentí más ligera. De pronto podía responder a las marcas, milagrosamente decía yo, aunque en realidad no era un milagro, sino un trabajo arduo y en equipo, con mis parejas de práctica y con mis grandes maestros.

Estoy consciente, porque yo fui y luego lo vi, que ellos dos pueden hacer que cualquiera baile. No es solo la técnica, es la manera como le tienen fe ciega a la gente aun pese a que, muchas veces, uno mismo no se la tiene. Por supuesto, yo conocía -y hasta exageraba- mis limitaciones, por lo tanto me quedaba claro que, a pesar de transformar mis dos pies izquierdos en un par de extremidades rítmicas, lo cual ya en sí mismo era mucho, no me convertiría en bailarina profesional.

Esa nunca fue mi intención. Lo que yo quería era emular un poco de todo lo que el tango, con su música y sus movimientos, me hacía sentir. Quería ser capaz de expresar con el cuerpo aquellas cosas que sentía. Y me parece que lo logré.

En el camino de descubrirme en una faceta totalmente nueva para mí, Yaz y Leo me dieron una lección de vida. Cuando la academia cerró, empezamos a peregrinar por la Condesa. Ellos buscaban lugares a sabiendas de que, tal vez, la semana siguiente ya no podríamos bailar ahí y sería necesario buscar otro lado. A veces tenían una clase de 10 personas; otras, una de tres. En ocasiones, uno de esos tres no podía pagar la sesión y ellos esperaban, pese a que todos sabíamos que el tango era su modo de vivir y sobrevivir.

Jamás en la vida he recibido una mala cara, un maltrato o una palabra de desaliento. Al contrario, siempre han sido amables y comprometidos conmigo, con mi aprendizaje, con mi bienestar. Me sorprende cómo pueden dos personas derrochar tanta magia sin miedo a que se les acabe, a pesar de las adversidades, de las vicisitudes, de todo por lo que han tenido que pasar para vivir de aquello que de verdad aman: bailar.

Me queda claro que su magia es infinita. No ha habido un día que los haya visto dar clase, bailar, bromear y que esa magia se les acabara. Al contrario, parece que conforme crecen, la magia se afianza más a ellos. Me sorprende ver cómo, con mucho trabajo, han consolidado la Escuela y Compañía Tango Blanco del Águila, y uno va a sus clases y siguen siendo los mismos que hace unos años eran nómadas en busca de un lugar donde establecerse.
Y pensar que hay tanta gente que no alcanza sus sueños e, instalados en sus alternativas, pierden el piso. Sin embargo, ellos tienen muy claro que sin suelo no hay fricción y que sin fricción no hay baile.

Así que, por si a alguien no le ha quedado claro cuál es la lección de vida que Yaz y Leo traen a cuestas es que hay que fundar los sueños y construirlos en la realidad. Por supuesto, ese camino trae consigo sacrificios, momentos difíciles, dolor y frustración, pero al final, que curiosamente se convierte en un principio nuevo, ellos han podido navegar sobre un mar real de sueños trabajados y edificados gradualmente.

Me siento privilegiada de atestiguar cómo la Escuela y Compañía Tango Blanco del Águila ha emprendido el vuelo y espero que, de ahora en adelante, el viento siempre sople a favor.

jueves, 12 de septiembre de 2013

La Selección Mexicana como un producto comercial

La selección mexicana de futbol está en crisis. No digo nada nuevo, ni mi intención es dar una opinión de experta, pues no lo soy; sin embargo, sí consumo un servicio deportivo que, en realidad, se convierte en un servicio de entretenimiento, y como tal puedo opinar sobre la ejecución de un bien en que invierto tiempo y dinero.

Desde mi punto de vista de consumidora de la selección mexicana, que prende la televisión para ver los partidos, que ocasionalmente ha sido invitada a alguno y que ha pagado su boleto para verla en el Estadio Azteca, lo que sucede con la selección se compara con lo siguiente:

Yo quiero ir a un hotel spa para relajarme. Veo unas fotos en internet, después voy, y todo es maravilloso: la atención personalizada, la alberca está limpia, el personal es amabilísimo, los alimentos gourmet se deshacen en mi paladar y el spa me revitaliza. En mi recuerdo se impregna la idea de que ese spa es maravilloso, el mejor al que he ido, y en futuras ocasiones no puedo esperar más que el servicio mejore o, en todo caso, se quede igual.

Poco a poco, veo que el hotel spa se vuelve más y más famoso. Ha hecho alianzas comerciales con muchísimas marcas que me gustan, con marcas de camas de masaje, aceites y sales terapéuticas, maquillaje y cremas hechas a base de plantas, entre otras cosas. La siguiente vez que voy, el lugar es más caro, pero ¡ah, cómo vale la pena!. Me refresca. Rejuvenezco estando ahí, me da esperanza. Las alianzas comerciales se ven ya por todo el hotel, pero no me molestan, por el contrario, el lugar luce más. Conforme avanza el tiempo va siendo más difícil reservar. Todo el mundo quiere ir. La gente confía en el lugar, en que aquello que va a ganar es un intercambio justo por las sumas que desembolsa acudiendo ahí. Incluso, el hotel es rankeado por varias revistas de viajes como el quinto mejor del mundo.

Antes bien, un día se viene abajo. Seguramente, le empieza a ir mal desde antes de que yo me dé cuenta y por razones ajenas a mí, pero yo, que no soy experta, solamente veo los resultados. Para mí, aquel hotel del que antaño gozara tanto, primero como un íntimo lugar de descanso y luego en su faceta como un lugar exclusivo, se viene abajo. La siguiente vez que acudo, está vacío. En los rankings se comenta que hay hoteles en Panamá u Honduras que ya están a su altura e, incluso, lo superan. Las paredes se ven viejas, desgastadas, a pesar de que apenas hace un par de años lo remodelaron. Muchas de las empresas con quienes se aliaron comercialmente han retirado sus apoyos, lo que ha ocasionado que el pueblo en el que está ubicado haya dejado de ser próspero. Las familias se separan porque hay que buscar trabajo en otro lado, pues el hotel ya no puede ser el sostén del pueblo.

En cuanto a mí, yo le soy fiel al hotel, pero mis conocidos han dejado de frecuentarlo. ¿Por qué hacerlo si ahora los meseros son mal encarados y altaneros, si la piscina está sucia y las habitaciones desgastadas? A veces, la masajista no asiste y el tratamiento que había uno apartado se queda en donde la mente almacena los deseos frustrados.

Finalmente, el hotel spa tiene solo dos opciones: reestructurarse o quebrar. Está pasando por una crisis y el tiempo en que solamente podía vivir de la fama quedó atrás. Ahora necesita ofrecer algo más a los miles de clientes que cautivó y que, a pesar de ser fieles, están decepcionados.

No miento cuando digo que no conozco una afición tan fiel como la mexicana. Mi abuelo sigue apasionándose a la selección mexicana; enciende el televisor puntualmente a pesar de que se sienta profundamente enojado y tocado porque la delegación de este país pierde. Se regocija si gana, se entumece si no; no obstante, ahí se queda, al pie del cañón, en espera de que mañana sea otro día. Él, como otros miles, se merece una selección rankeada como la quinta mejor selección del mundo. Los jugadores, el cuerpo directivo y los administradores del equipo se alquilan muy caro para que sus acciones, materializadas en goles, se encuentren siempre a la altura de los fieles consumidores del producto llamado selección mexicana. Se merecen, por tanto, un servicio al cliente excelente y proporcional a sus acciones -como empeñar la casa para irse al mundial, por ejemplo-. Desafortunadamente la selección, en ese rubro, porque sinceramente no sé nada de otros, deja mucho que desear.

sábado, 24 de agosto de 2013

Sigo

Aquí estoy, esperándote, aunque nunca regreses, siempre estaré aquí, mi querido amigo.

lunes, 15 de julio de 2013

Reconstrucción

Estuve enamorada. Como canción de Raphael, El divo de Linares. Por una época, me sentí correspondida. Pensé entonces que no había nada mejor que el amor que se corresponde. Fue maravilloso y, después, sumamente doloroso.

No pretendo decir que no volveré a enamorarme, a pesar de que el corazón me late con violencia a causa del miedo que me provoca. Solo sé que el desamor me dejó hecha un guiñapo y que es tiempo, una vez más, de recoger mis pedacitos y reconstruirme. No queda más que eso. Reconstruirme. Tal vez quedaré como un Picasso, pero, aunque no lo entendamos, Picasso es arte.

Los pros de esta situación ya los empecé a ver: mucha escritura y un reacomodo de gente. Las desventajas: el desamor mismo y la desesperanza.

Fui muy dichosa mientras estuve enamorada. Es una pena que haya terminado.

sábado, 6 de julio de 2013

Música para Sanelia


De pronto, no sé cómo, Sanelia me encontró. En toda la blogósfera, sus ojos coincidieron con este blog y de aquí no se ha ido.

Entré a leer el blog que ella escribe y me enteré de que le gusta la música. Así que decidí hacerle un post con música, a ver qué de lo que le pongo le gusta.

Esto, Sanelia, es en agradecimiento a tu dedicación y a que llegaste en un momento muy difícil. Tu compañía cibernética me ha ayudado mucho.

 Break the Walls. Fitz and the Tantrums
 

It's not true. Keane
 
La arrolladora banda El limón
(Esta es de una banda en México que es muy, muy famosa)


Clone. Metric
 

Mentira, mentira. Javier Solís 
(Esta la escucho por mi abuelo)
 
These things. She wants revenge
 
Polonesa. Chopin

Bálsamos

De nuevo a buscar luz en donde todo parece oscuridad.  ¿La ventaja? Cualquier rayito contrasta con la negrura del espacio y da esperanza.

Me estoy volviendo loca, me digo a diario. Pero últimamente las distracciones son tantas y tan cuerdas, que me permiten olvidar el inevitable punzón que me penetra incansable.

Los rayos son, por ejemplo, la creación. Esa concesión que el universo le da a algunos seres entre los cuales yo me cuento. Soy afortunada de que el cosmos me deje jugar a que creo. Y he creado: en el trabajo, como entretenimiento, en Facebook, todo el tiempo estoy creando historias: de dos renglones, de cinco, de varias cuartillas, todo el tiempo estoy pensando en qué decir porque no puedo decir lo mío. Seguramente se lee entre líneas o, en ocasiones como esta, lo plasmo en este espacio de dos punto cero.

A veces, la ansiedad regresa y hace temblar mi interior como si tuviera mal de Parkinson. Esta semana volví a tener uno de esos episodios que no le deseo a nadie, uno de esos de destrucción. No obstante, tal vez sea cierto eso que dicen: hay que destruir para crear. Una estrella se destruye y crea tantas cosas. Un ser se destruye para reproducirse y crea otros seres más. Se divide.

Tal vez esa es mi naturaleza. Yo, que soy una nómada espiritual y busco incansablemente un lugar donde estar. Quizá nunca lo encuentre y lo que tengo que hacer es, precisamente, dejar de buscar, dejar de añorarlo. Quizá tengo que destruir, pero no ser antropófaga de mis propios órganos, de mi propia piel.

Sí. He llegado a estas conclusiones, que por el momento me dan paz, gracias a que he creado después de haberme hecho pedazos. ¿Para qué echarle la culpa a los demás si lo que he aprendido en estos últimos tiempos es que todos somos pasajeros en un tren y que, por largo que el camino sea, eventualmente nos bajamos?

De pronto me cansé de luchar porque la humanidad sepa que valgo. De pronto me cansé de la gente, del mundo, de la sociedad en la que vivo. De todas las sociedades. De pronto lo que ansío es un buen libro, una buena herramienta para escribir y echarme, como hace mi perrita, a limpiarme las heridas. Es como si hubiera librado una batalla tan grande dentro de mí que, ahora, no queda más que contabilizar las bajas, y limpiar los escombros. ¡Cuántos recuerdos removeré en el proceso de purificación! No pinta para que los 27 pasen fácilmente, ni tampoco para que pasen en compañía. 

La compañía, aunque siempre la agradezco mucho, puede ser un lastre. Después uno exige porque no la tiene, y luego los otros no entienden el dolor cuando no la brindan. Así que, gracias a los que han estado como han podido, y a los que no, hasta nunca. 

miércoles, 3 de julio de 2013

Desahogo

Hace algunos años, unos amigos y yo nos dedicábamos a planear sorpresas por los cumpleaños.  Tocaba la sorpresa de una de mis amigas que en el nombre lleva al mar y al cielo y en el alma lleva al agua tatuada. Decidimos llevarla a la playa. Solo un día, ida y vuelta.

Estuvimos muy contentos y, de pronto, como a las seis de la tarde, justo cuando los pescadores regresaban a la orilla, decidimos despedirnos de aquella jornada paradisíaca vistiéndonos una vez más de mar.

Primero bromeábamos entre las olas y, luego, nos dimos cuenta de que el mar ya no quería visitas. En su furia por nuestra irrupción, fue envolviéndonos en sus tentáculos.

Yo gritaba. Tan fuerte como la voz me daba. Me sentía cada vez más alejada de mis amigos y las olas me revolcaban. "Me voy a ahogar", pensé en el momento en que vi una ola gigantesca e intenté nadar hacia la cada vez más obnubilada orilla.

Justo antes de que me ganara el mar, grité a todo pulmón. Mi amiga apenas escuchó un susurro, pero fue suficiente para que volteara. Y me dio la mano, y me salvó. Ella y yo pudimos regresar a la orilla sin que los pescadores nos ayudaran, así que supongo que no estuvimos al borde de la muerte ni mucho menos. Con mis otros dos amigos, la historia fue distinta: estaban tan lejos que necesitaron ayuda.

Poco a poco, preferimos enterrar la anécdota, pero, ahora que lo pienso, la sensación que me embarga últimamente es esa de que una especie de mar interno me engulle y me lleva a lugares insospechados. En esta ocasión, no hay nadie que me salve de mí, ni yo misma, aunque el apoyo de quienes han estado es muy valioso, porque me obliga a seguir nadando.

Creo que nunca agradecí suficiente a esa amiga que me salvó del mar, pero ojalá que algún día lea esto y sepa lo importante que fue para mí que, en ese preciso instante en que la inmensa ola estaba por arrastrarme, me tendiera la mano.

Es una lástima que, ahora, la historia sea distinta: aunque nadie pueda salvarme de mí misma, siempre se agradecerá la mano ofrecida.

martes, 2 de julio de 2013

Goma de mascar

Este aprendizaje me ha costado días enteros de buscar mis pedazos. Me estoy reconstruyendo. Soy como un cúmulo de bloques de Jenga: mal acomodados, quebradizos, escandalosos al caer.

A veces me da la impresión de que, en realidad, no he aprendido nada. No conozco nada. Nada es asequible, ni yo misma, ni mi alma.

Esos seres vivientes que transitan a mi alrededor me recuerdan que yo también sigo viva, porque todo lo que traigo dentro me sacude y me lleva, como un tsunami, a la sinrazón.

Al principio, suplicaba entendimiento y empatía. Ahora ya no me importa si lo tengo. La mayoría del tiempo es como si me hubiera copiado con papel calca: una reproducción imprecisa de mí misma que sustituyó a una original, o quizá a otra copia, no tan deficiente como esta.

Me miro y luego me tomo una foto. Justo antes de tomarla, me veo de una manera, luego me aprecio en la imagen congelada y ya no reconozco quién es.

¿Quién soy? Me pregunto a diario para intentar recordarlo. ¿Cuál es el espacio que ocupo cuando me muevo, cuando me quedo estática?

Aparentemente soy inocua, pero al final y en el fondo soy más bien nociva. Como una bomba: últimamente tengo la sensación de que voy a explotar.

Digan lo que digan, las bombas no le hacen bien a nadie. Ni las bombas de goma de mascar: uno las compra, las mastica y luego se entretiene solo o con amigos haciendo bombas, con mayor volumen cada vez. A mayor volumen, mayor probabilidad de que exploten. Cuando esto sucede y la bomba adquiere dimensiones insospechadas, la diversión se compromete: uno se embarra el pelo y la piel del rostro queda pegajosa. La primera vez, uno se ríe. La segunda, se sonríe apenado y, para la tercera, los dedos ya también tienen melcocha y la goma ya no sabe a nada; la mandíbula duele por tanto mascar. Uno termina sacándose el dulce de la boca y tirándolo a la basura.

Una amiga me dijo que la gente rechaza lo que desconoce. Yo añadiría que, además, lo escupe para sacarlo del sistema, justo como cuando uno ya no quiere el chicle.

sábado, 29 de junio de 2013

El mundo y yo

A veces el mundo y yo nos odiamos. Él se desespera de mí y yo de él. Él se pregunta por qué estoy aquí y yo me pregunto por qué estoy aquí y por qué no hay un mundo mejor que me reciba con los brazos abiertos. El mundo, en toda su sabiduría y sus millones de años de experiencia, me tiene paciencia. Pero a veces yo, que tengo la capacidad de perturbar al más paciente, le colmo el plato. Entonces decide sacudirme. En ocasiones soy capaz de entenderlo a tiempo. Me está jalando las orejas, me digo, y le bajo. Hacemos una tregua. Durante ese periodo, casi parece que nos amamos, hasta que, como dos enamorados, es tiempo de sentarnos y hablar. ¿Qué esperas de mí? Y no me contesta. Entonces actúo. Y no le parece. He concluido que no tengo un lugar en el mundo. No lo digo como adolescente, sino como un ser humano consciente que se lo ha preguntado en numerosas ocasiones y desde diferentes perspectivas. ¿Cómo entro el mundo? No es tampoco un discurso emo de lo feliz que soy siendo diferente.

En lo que a mí concierne, es horrible ser diferente. No en esta conciencia de unidad que todos tenemos, es algo distinto. Tormentoso.

Lo viví desde que era niña y me reconocía en otros y al mismo tiempo me desconocía en cualquiera de ellos. Lo vivo hoy que me veo al espejo y veo en él a un ser diferente del que soy en realidad. Solía pensar que, a fuerza de encajar, no nos queda más remedio que sufrir una metamorfosis para que encajemos. Es como tener sexo. Hay que hacer ciertas modificaciones de postura para que puedan embonar cóncavo y convexo. Pero a veces, aunque anatómicamente la fusión se lleve a cabo, falta algo más.

Mi relación con el mundo tiende al amor, es cierto, pero no es precosamente eso. Nos enamoramos, e invariablemente, cuando estamos por alcanzar el punto del amor, nos venimos para abajo. Él me redescubre, yo lo redescubro, y volvemos a odiarnos.
Afortunadamente para él tiene muchas opciones, yo no tengo más que una: vivir en él y vivir con él. Soy un ser humano y no me queda más que vivir en sociedad -si fuera un oso polar viviría sola, pero entonces no tendría la conciencia para disfrutar mi soledad-, una sociedad que a veces me apasiona de veras y otras veces me asquea. Me sofoca. A la cual yo sofoco cada vez que siento esto y me da la espalda, simplemente porque sigue caminando mientras yo me detengo a respirar.

A veces, como hoy, siento que voy un poco más rápido y me detengo. Ella y él nunca se detienen. Esos dos sí que se aman, y yo no puedo más que ansiarlos.

domingo, 5 de mayo de 2013

Cómo enfrentarse a un gallo de pelea...

Hace un par de meses empecé una terapia para eliminar la fobia a las aves de mi amígdala. Para nadie que haya cruzado conmigo un parque es novedad que tengo esta fobia que me hace sentir ansiosa frente a esos animales.

Pues bien, el miércoles pasado llevé a mi perrita, Gaga, al veterinario, que está cruzando el Eje Central. Cuando veníamos de regreso, me distraje porque hubo un accidente espantoso en Eugenia esquina con Lázaro Cárdenas y me di cuenta de que el vehículo impactado se volteó; además, aparentemente dos trolebuses chocaron y una bola de mirones rodeaba la escena. Gaga, como siempre, encabezaba la vuelta a casa, y yo me uní a distancia a los chismosos, de manera que no me di cuenta del espécimen que nos esperaba sino hasta que mi cachorra para contemplar a aquel ser nuevo para sus ojos ávidos de novedad: un gallo de pelea en plena acera de Lazaro Cárdenas, que con su cresta coronaba el surrealismo del paisaje urbano de nuestra ciudad.

Estoy preparada para las palomas, las tórtolas, las urracas y demás pájaros que uno se encuentra en la ciudad. Sin embargo, no pensé que tendría necesidad de enfrentarme a un gallo. Mi primera reacción fue cruzarme la calle. "Estamos en el Eje Central, me dije, ¿de verdad vas a cruzar retomar el camino por el que Gaga y tú venían para evadir a un gallo. Los gallos son aves, y cruzarte es retroceder en el proceso de que tu fobia se acabe." Mi segundo impulso fue, no obstante, caminar hacia la esquina contraria, pero ahí estaban los accidentados y los mirones. Con una frontera circunstancial y la otra autoimpuesta, no me quedó más que hacer acopio de todo lo que he visto en terapia. Inicié un dialogo en voz alta conmigo misma. "Es una prueba de fuego. Vas a pasar por ahí, pero no lo vas a tocar" "Qué terrible. ¿Quién tiene un gallo de pelea en su casa, y por qué lo saca a pasear?" "No importa. Respira y camina". "Ay Gagucha, no vayas a hacerme la malhora, no vaya a ser que te acerques a él y nos ataque a las dos." "Respira" "Respra." "Respira."

Hace mucho tiempo dejó de importarme lo que los demás puedan decir sobre mi fobia, de lo contrario me habría atribulado el hecho de que la dueña del gallo agrandara los ojos y aguzara el oído ante la incredulidad de que me alentara a pasar cerca de él, como si fuera yo quien, en vez de pasear con mi perra, le hubiera puesto una correa a un gallo de pelea para llevarlo a orinar afuera.

Afortunadamente para mí, mi perra no se acercó y yo, por primera vez en mi vida, pude pasar junto a un galllo sin necesidad de ir tomada del brazo de alguien, incluso cuidando a otro ser que depende de mí, sin que la ansiedad me traicioné y piense que me voy a morir en el intento.

Así que, si me preguntan, la terapia sirve.

miércoles, 24 de abril de 2013

Regresar a las raíces

Hace un par de días me puse a pensar en la época en que escribía. Quiero volver a escribir. Tomar un lápiz, agarrar mi teclado y, de pronto, estar ahí, en otro mundo, en otras pieles.

Disciplina, me digo diario. Orden. Algunas cosas que no he terminado de arreglar y, luego, vivir más. Por lo pronto, empezaré a desarrollar algunas ideas. No todo tiene que valer la pena, pero siento que, hasta ahora, nada ha valido lo suficiente.

Ya veremos.

martes, 9 de abril de 2013

Peregrinaje cabellero

Una nunca sabe cuánto cabello tiene hasta que lo ve perdido. Esa frase se ajusta perfectamente a mi caso. Uno más de esos que, supuestamente, son escasos, pero que, como narraré a continuación, ha resultado mucho más común de lo que me hubiera imaginado: la alopecia femenina.

Cuando era niña tenía el pelo muy grueso y muy abundante. Sin embargo, cuando entré a la adolescencia, cambió: de ser largo y pesado se volvió quebrado y delgado, aunque siempre había tenido tanto volumen que no le di tanta importancia y que, en realidad, no me di cuenta de que estaba perdiéndolo.

Fue hasta los 26 años que lo supe. En diciembre, con 25 kilos menos, empecé a notar que el cabello se me caía en abundancia. Fue a raíz de una fotografía que me di cuenta, pues la frente le ganaba terreno al cuero cabelludo. Como primera medida, fui a  hacerme un fleco recto, a pesar de la recomendación del estilista, quien sostenía que, para mi forma de cara, era mejor un fleco de lado. “Se me está cayendo mucho el cabello y quiero disimularlo”, fue mi respuesta, a la que sucedió una pregunta: “¿Hay algo que me recomiendes?”. Él me respondió que mi caída era normal, que no me preocupara, y me hizo el fleco que quise.

Después, el fleco no fue suficiente, de hecho, obviaba la triste realidad: tenía un hoyo y el cabello hacia adelante lo dejaba totalmente expuesto. El estómago se me encogía cada vez que salía de bañarme y recogía cada uno de mis cabellos. Cuando estaba por tirarlos al bote de basura, se me quedaban en la mano, pero se caían del sitio al que pertenecían. Hubo un fin de semana en que martiricé a mi familia, pues cada vez que salíamos a comer, terminaba llorando por mi cabello en la mesa del restaurante. Obsesiva como soy, en enero conté la cantidad de pelo que se me cayó en una cepillada: 83, sin hablar de los que se desprendieron durante el baño diario o de aquellos que se caen durante el día.

Al fin, fui con el homeópata y, en la misma semana, al dermatólogo. Para entonces, estaba hundida en una depresión tremenda y, tal vez no necesito decirlo, pero también me sentía la mujer más fea, y no solo la más fea, sino, peor aún, la más defectuosa. Comencé a fijarme en la cabellera de todas las mujeres a mi alrededor. A ver mis fotografías de antaño. Quería regresar el tiempo. Una pregunta que me acechaba cuando me diagnosticaron obesidad mórbida volvió a instalarse en mi mente: “¿Cómo pude permitirme llegar a este punto?”.

Cuando me examinó, el dermatólogo me dijo que la alopecia se debía a muchos factores, aunque cada uno de ellos, por sí solos, la provocaban: en primer lugar, la pérdida abrupta de peso. Es cierto que, aunque estuve intentando bajar desde hacía mucho, bajé mucho en muy poco tiempo. En segundo, la dermatitis seborreica (comúnmente llamada caspa). Me explicó que es causada por un hongo que se instaló en mi cuero cabelludo porque estoy predispuesta y que no se me va a quitar de aquí a que me muera, pero es controlable. Otro factor es la herencia. Así es, para mi sorpresa, aunque el gen de la alopecia sea recesivo en las mujeres, SÍ AFECTA. Finalmente, y quizá el factor más poderoso sean las hormonas. Si tienen un desajuste hormonal, es probable que les provoque, en algún punto, pérdida de cabello. Total, en pocas palabras, yo lo tengo todo. Pero también tengo el remedio: un endocrinólogo, unas pastillas y una loción.

Llevo dos meses en tratamiento, y los resultados han sido maravillosos: con un shampoo llamado Kelual DS, se me redujo la dermatitis desde la primera semana que lo usé. Un medicamento llamado Spectral DNC-L, que tiene, entre otros componentes, sulfato de minoxidil al 5%, me ha fortalecido el cuero y el pelo ya no se me cae. Además, tengo mucho cabello naciente, lo cual ha provocado que los hoyos se me vean menos. El doctor me dijo que el proceso de regeneración será lento, pero seguro. Y cómo no va a serlo, si me dijo que es muy posible que mi problema de alopecia se remonte a la secundaria. Por supuesto, falta la parte hormonal, pero para eso ya también estoy tomando consideraciones.

Sin embargo, la autoestima sigue lastimada. El cabello se me ve reseco y recientemente fui a la estética, donde me lo cortaron muchísimo. Es cierto que contribuyó a que se me vea menos la calvicie, pero siento que parezco señora. Eso aunado a que había sido un triunfo que me creciera hasta el largo que tenía. Asimismo, debido al ansia que me provoca la caída, como, y al comer, subo de peso. Es muy fácil para la gente decir que cierre la boca, y yo me lo digo todos los días, pero es una lucha constante conmigo misma. También he de atenderme las ansias.

En fin, esta entrada tiene dos propósitos: el primero, sumar mi caso a la blogósfera, porque definitivamente a mí me animó un poco cuando, previo a mis consultas médicas, leí en internet que no soy la única y que hay remedio. A lo mejor alguien me lee y siente empatía. El segundo objetivo es que, como siempre me pasa, al escribirlo hago catarsis. Al escribirlo aquí, en mi blog querido, hago catarsis… espero que así sea.

“Esparcido el cabello por la espalda
que fue del sol desprecio y maravilla”

Lope de Vega

domingo, 17 de marzo de 2013

Gaga

Como saben quienes me conocen, mi único acercamiento a las mascotas habían sido Mine y Min, un par de tortugas que mi hermano adquirió en la secundaria y que nos dejaron con el corazón desolado cuando murieron, al mismo tiempo, alrededor de una década después. Sin embargo, pese a que las cuidamos y las quisimos, pese a que lloramos sus muertes, no sabíamos qué significaba la compañía de una mascota, como un felino o un perro.

Pero, desde hace un mes, lo sabemos gracias a Gaga, una cachorrita que llegó a nuestras vidas con tres meses de nacida y que vino de un hogar temporal muy amoroso. Por supuesto, no podíamos hacer menos que amarla también. No es como que nos haya costado trabajo: todos los días Gaga me despierta a las cuatro de la mañana porque está harta de dormir en su camita y quiere compañía. No se sube a mi cama si yo no la dejo. Una vez arriba, empieza el ritual: en la panza, a un costado, entre mis piernas, la cuestión es que nos acomodamos y nos damos calor. Luego nos despertamos. Todos los días, desde hace un mes, cada vez que cierro la puerta del baño miro en su rostro el desconcierto y el miedo de que la deje sola. Si tardo más de la cuenta, rasga la puerta y, cuando salgo, las dos nos enfrascamos en una fiesta breve de reconocimiento.

Primero le daba miedo salir a pasear y, ahora, corre hacia la puerta y de regreso para indicar que quiere ir a a la calle. Una vez afuera, persigue aves y observa a los gatos que, retadores, la miran a los ojos.

Es una traviesa. Cree que, cuando paso las hojas de un libro, estamos jugando. Se para en dos patas y, justo ahora, escucho cómo mi mamá le dice; "Bájate, te vas a quemar". Mi cuarto es su nido. Su madriguera. Su casa. Aquí trae sus tesoros: un pedazo de periódico o un trozo de zanahoria, de esas que el veterinario nos dijo que era bueno que comiera. Aquí juega con mis zapatos anteriores, ahora sus chanclas mordidas. Aquí cae rendida después de un día de morder huesos de carnaza, comer, dormir y pasear. Empieza a parpadear, primero rápido, luego más pausado. Parece que me guiña un ojo: ya no puede más. Finalmente, el sueño la vence. Se desparrama sobre la colchoneta que hace las veces de cama, porque su cama es solamente un centro de juegos, y se duerme.

Hasta al rato, Gaga.