miércoles, 12 de octubre de 2016

El amante de cristal

En mi experiencia breve y errática, quizá lo más difícil de una relación sea recoger lo que uno ofreció y el otro no quiso —o no pudo aceptar por una u otra razón, para no convertir en víctima a ninguna de las partes—, e iniciar de nuevo. No es mentira ni es cliché que todo fin genera un principio. En este caso puede ser el inicio de un camino de desconcierto e inseguridad, de desconfianza, de duelo. Generalmente no hay un proceso puro, sino que ocurren todos de manera simultánea, de modo que, además de estar descompuesto, uno tiene que enfrentarse de nuevo a ver el mundo en soledad, porque el compañero que había elegido ya no está.

A veces, con la entereza suficiente y la madurez necesaria, uno se le planta al mundo solo y decide caminar así hasta que ha sanado por completo. Busca por ahí los pedazos que lo ayuden a reconstruirse de nuevo y, cuando está listo para ello, vuelve a sumirse en la búsqueda de un compañero.

Sin embargo, hay personas que hacen otras cosas. Quizá sea que, en este mundo de pares, al convertirse en nones, estos individuos no se hallan y buscan a otro desesperadamente para regresar a la condición de pares, como si fuera su esencia.

Por mucho tiempo yo no pertenecí a ninguno de los dos equipos, simplemente porque nunca hice par con nadie. Sí, me enamoré. Sí, me desenamoré. Sí, viví todo aquello, pero con la derrota anticipada de la incompatibilidad. Era una suerte de masoquismo emocional. "Amo al que no me ama" o "amo al que me ama, pero no lo suficiente para estar conmigo". Mi historia se convirtió en una pasarela de hombres imposibles, pese a que los tuve por instantes.

Cuando conocí al dueño de los gatos, debí saber que la historia se repetiría. Reconocí todos los indicios de que así sería, pero los obvié para darme, por primera vez en la vida, una oportunidad "real" de convertirme en par. Y luego, como es natural cuando uno echa un volado, aposté por águila y cayó sol, y tuve que recogerme, así descompuesta como me encontraba, y vivir muchísimos procesos completamente nuevos y simultáneos.

No es justificación para la narración posterior de los hechos, pero no supe cómo manejar la situación. Me di cuenta de que me había convertido en un ser que racionalizaba todo, que buscaba la lógica en todo lo que hacía y que, en contraste, cuando había hecho lo que pude para sacar mi relación a flote sin lograr la salvación del barco, la racionalidad dejó de tener sentido —por lo menos para esa relación sentimental—.

Antes de tener novio, conocí a un hombre a quien, para efectos de este post, llamaré El amante de cristal. Éramos muy distintos y muy incompatibles, de manera que dejé el asunto por la paz y, posteriormente, conocí al dueño de los gatos.

En lo único en que el amante de cristal se parece a mi exnovio es en la profesión y, también, coinciden en la edad. De ahí en fuera, son en todo diferentes: sus contextos, sus complexiones, sus maneras de tratarme y la pasión con que viven la vida. El primero es más bien frío, y el segundo emana fuego, pasión, deseo. 

En mis sensaciones, el amante de cristal despertaba matices muy distintos a los que experimentaba por el dueño de los gatos. Eran tan disímiles que, si hubiera podido vivir con ambos una relación de poliamor, lo habría hecho sin dudarlo. Sin embargo, el dueño de los gatos y yo vivíamos en una monogamia en peligro de extinción, aunque monogamia al fin y al cabo. Si bien el amante de cristal me procuraba a distancia y me insistía en que debíamos vernos, yo me resistí y me resistí, así como también me rehusé a aceptar, por unas semanas, que mi situación con el dueño de los gatos empeoraba cada día.

Como una coincidencia del universo, un día después de que di por terminado mi vínculo físico con el dueño de los gatos, el amante de cristal volvió a buscarme. "Véamonos", me pidió. "Veámonos", accedí. Y a partir de entonces, casi sin darme cuenta, caí en un torbellino de emociones en que, creí, nos encontrábamos los dos. Un vórtex de pasión que se mezclaba con tormento. Entre beso y beso, yo sentía que lo quería, que en sus ausencias me haría falta, que si no lo abrazaba con violencia, el alma se me requebrajaría. Antes bien, al separarnos entrábamos en una dinámica de peleas que se me antojaban infinitas e hirientes, pero que me hacían sentir más viva y más querida que las últimas semanas con el hombre anterior.

La última vez que lo había visto antes de esta nueva etapa, el amante de cristal me dijo que, aunque no hubiera nada formal entre nosotros, quería incluirme en su vida y que yo lo incluyera en la mía. Luego se ofendió porque no solamente no atiné a contestarle, sino que incluso, según me refirió después, mi gesto se transformó y miré su propuesta con repulsión.

En realidad, aquellas palabras se clavaron en mi espíritu y, pese a que no volví a mencionar el tema, cuando volví a verlo, con la certeza de su interés, mi conducta se transformó. Todos los días me despertaba pensando en él. En sustitución de mis remembranzas diarias con respecto al dueño de los gatos, mientras el agua de la ducha me caía en el rostro, pensaba en las manos del amante de cristal. Sentía hambre de sus abrazos, de su cuerpo cálido, de sus miradas inquisitivas, de sus conversaciones siempre apasionadas, de su sonrisa franca y espontánea. Y aún así, la comunicación a distancia resultaba tortuosa: malos entendidos, manipulaciones, machismo disfrazado de indiferencia, indiferencia disfrazada de falta de tiempo.

Seguí frecuentándolo hasta donde el trabajo y los tiempos nos permitieron. Mi cuerpo albergaba cada vez más pasión y, mi mente, una mezcolanza de emociones. Un día, en medio de sábanas encantadas por el hechizo de la piel, me confesó que estaba en una relación abierta. Primero me sentí usada, pero mientras escuchaba a lo lejos su voz diciéndome que conmigo se sentía distinto, mientras hablaba de la complicidad que experimentaba en mi presencia, de la química y de la pasión que desencadenaba en él, me di cuenta de que estaba actuando como una cínica y, más allá de eso, como una hipócrita: yo también lo estaba usando.

Seguí buscando al amante de cristal, y el amante de cristal comenzó a ausentarse. Un pretexto, otro y otro más, y terminamos mandándonos al diablo en una hecatombe telefónica. No sé si era mucha pasión, no sé si era mucha necesidad, o quizá un poco de ambas cosas, la cuestión es que, como azufre, fue deshaciendo nuestras bases inestables. El amante de cristal era tan frágil como yo y estaba lleno de inseguridades. Me decía que no veníamos del mismo mundo, que nuestros contextos eran distintos, que era mejor dirigirse a mí como "señora" o "doña", por respeto al origen distinto del que ambos proveníamos. Incluso usó de pretexto a sus amistades y a su certeza de que no me caerían bien para no invitarme a su vida. Tan distintas me parecieron sus acciones de aquella conversación que narré hace unos párrafos, en la que aseguró que quería involucrarme en su existencia, que terminé por sentirme engañada y lastimada, a pesar de mi conciencia de que yo no estaba siendo completamente honesta.

Y entonces, de nuevo, la ausencia del dueño de los gatos se apoderó de mi mente, pero de manera más intensa: se mezcló con la de mi amante de cristal, que había terminado de romperme. 

viernes, 23 de septiembre de 2016

Writer's Block

La vida, juguetona, nos quita cosas y, en compensación, para que sigamos siempre agradeciéndole, nos da otras.

Basta de hablar de lo que se fue, y mejor les cuento lo que me regresó: la disciplina de la escritura. 

sábado, 17 de septiembre de 2016

La devolución de la guitarra

Después de una relación fallida queda pendiente la repartición de bienes. Yo creo que esto no se acaba sino hasta que uno decide "donar" esos objetos, o bien, recuperarlos.

En una entrada anterior narré cómo, cuando concluyó aquella única relación formal que he tenido a lo largo de treinta años de vida, olvidé en casa de mi expareja el objeto que debí haber recabado primero: la guitarra que, en vida, tocó mi abuelo durante muchos años.

No llevé el instrumento de manera arbitraria, sino porque, en alguna ocasión de las que pasamos juntos, aquel hombre me acompañó con su propia guitarra mientras yo cantaba. Posteriormente, manifestó su deseo de que hiciéramos un proyecto musical y, para tal fin, me enseñaría a tocar. Esa vez, me pareció tan entusiasmado que no dudé en aceptar su propuesta, a pesar de mi consabido pánico escénico y mi negación para tocar incluso la flauta dulce en la primaria. 

Quizá ahí, el dueño de los gatos sentía aún cierto interés por mí, puesto que, incluso, vino a casa por la guitarra para llevarla a la suya, ya que destinaríamos esos días juntos al aprendizaje. Nunca me enseñó más que a rascarla un poco, pero eso sí, le dedicó varias horas a pulir la madera del instrumento prestado, apretó las cuerdas, las cambió e, incluso, me aseguró que la semana siguiente a nuestro viernes, sábado y domingo en pareja, compraría cuerdas nuevas para renovar aquella guitarra tan querida por mi abuelo.

Me remito únicamente a los hechos —y no a mis sentimientos al respecto— cuando aseguro que nunca compró las cuerdas ni afinó el instrumento. Sin rencor alguno, asevero que no volvió a sacarlo del estuche una vez que lo guardó cuando todavía estábamos juntos. Ahora que lo pienso, él mismo se guardó en un estuche y no volvió a salir de él. Casi parecía que tenía doble fondo, como la utilería para los trucos de los magos, puesto que, mientras más intenté sacarlo, más se aferró a quedarse en un pozo, a oscuras, o por lo menos lejos de mi mirada, de mis ojos. 

Después de que me incluyera en su proyecto, cuando ya me había cubierto con el manto de su cotidianidad para que yo la cobijara como mía, me dijo que necesitaba tiempo. Sin afán de justificar la conducta de ninguno, escribo que él estaba deprimido y yo cada vez más ansiosa, una combinación letal para una relación que tenía el océano de por medio, sin ninguna esperanza de tocar tierra próximamente. Por lo tanto, el tiempo era un eufemismo que disfrazaba el adiós. Se lo dije y se enojó. "Me parece muy radical que dejemos de hablarnos", aseguró. 

Después de discutir el futuro por horas y de recoger mis cosas, ya apiladas en una bolsa, llamé un taxi. Nos despedimos en el zaguán de su casa y todavía me besó tres veces —un Judas combinado con Pedro, si es que el lector me permite la comparación—. Sus labios se posaron brevemente sobre los míos. Cuando se separaba, sus ojos me buscaban y me miraba, creo que con un dejo de culpa, si bien en aquel entonces casi pensé que era dolor.

Y, a partir de aquel domingo de hasta luegos, no dejó de buscarme. Diario, de lunes a viernes, hasta que el quinto día de separación le pregunté si ya lo había pensado. "No lo he pensado", me respondió desesperado. 

"Me doy por vencido", fue su última declaración. "Yo también", fue la mía. Y, no sé él, pero yo sí me había rendido. 

El sábado posterior a aquellas declaraciones escritas, recordé que había dejado la guitarra. La imaginé ahí, recargada en la pared de la habitación lúgubre donde pasé prácticamente todos los fines de semana durante cuatro meses, y sentí remordimiento de no habérmela llevado junto con todo lo demás. 

Al día siguiente, resuelta a recuperarla, le envié un mensaje a aquel hombre, en el que solicitaba amablemente el regreso del instrumento a mi casa, junto con el inicio de una nueva relación: la de amistad. Quizá mi mensaje fue muy a la manera femenina, puesto que él solamente me contestó "Ok, te aviso". 

El lunes ocurrió el deceso de su gato y yo decidí darle una tregua. Entre lunes y sábado no dejó de buscarme. Diariamente me hacía una relatoría de los hechos, de las novedades, de las imaginaciones recurrentes en torno a su felino muerto. Recibía mensajes de voz, audios con la canción que le había compuesto,fotografías de él abrazando al minino e, incluso, del cuerpo inerte. Todo él era desolación.

Yo estuve ahí. Si tenía alguna intención, aún no puedo descifrar cuál era, puesto que en mi conciencia sólo se había postrado la idea de tregua. Una persona que me importaba estaba viviendo un mal momento, y apoyarlo representaba un deber para con mis propios sentimientos. Incluso le ofrecí compañía: "Únicamente porque se murió tu gato", aclaré. Y en esa declaración supe que todo había terminado, porque no sentía naturalidad al proponerle que nos viéramos, porque me daba miedo que pareciera que tomaba lo del gato como un pretexto para volver a estar con él. Afortunadamente, no me tomó la palabra. Es un hombre de soledades y, muy probablemente, tampoco sentía deseo alguno de que nos miráramos. Yo le funcionaba a la distancia y así fue como me preservó toda aquella semana de duelo. 

El jueves, la señora María Luisa me preguntó por los tubos PVC que estaban en la cantina, aquellos que fui a comprar el fin de semana fatídico en que nuestra relación terminó. Se suponía que el hombre iría a casa a comer con mi familia y, después de eso, nos trasladaríamos a la suya donde, entre otras cosas, construiríamos una silla de ruedas para otra de sus gatas, que recientemente se había caído y había perdido la movilidad en las patas traseras. Sin embargo, él no llegó a mi casa y, más tarde ese día, cuando lo vi, interrumpí mi camino hacia otro lado para hablar con él y finalizar el capítulo, de modo que no llevé los tubos. 

La voz de la señora María Luisa diciendo "Chabe, ¿qué pasó con la sillita de ruedas de la gatita? ¿No se la van a hacer?" me retumbó en las entrañas. "No se la vamos a hacer juntos", pensé, pero no me atreví a contarle que ya no salía con el dueño de los gatos. En cambio, como él me estaba escribiendo mientras la señora inquiría por los tubos PVC, le pregunté si los quería. "No pasa nada si no,  solamente avísame para deshacerme de ellos", rematé. "Sí los quiero, de hecho te iba a preguntar si podía pasar por ellos el domingo", respondió en un mensaje de voz. Le contesté que sí —a pesar de que no quería verlo— y aproveché para hacerle la solicitud expresa de que me llevara la guitarra. A ese respecto no contestó nada y, francamente, me inquietó el silencio. La deshonestidad no formaba parte del repertorio de manías del hombre de los gatos, de manera que no entendía la razón de su mutismo cada vez que le hablaba de la guitarra de mi abuelo. 

El sábado en la tarde fue el último día que supe de él porque él tuviera la intención de comunicarse. Como a las dos le escribí que iba a dormirme: no estaba de humor para lidiar con el mundo. No recibí respuesta a ese mensaje. El domingo, como ya debe imaginarse el lector a estas alturas, el dueño de los gatos no llegó a mi casa y tampoco me avisó que no podría pasar por los tubos. A diferencia del día que terminó nuestra relación, esa vez no lo esperaba. No estaba ansiosa por su llegada ni por nuestro encuentro. Trabajé en casa y en la noche me fui al cine. Regresé y seguí trabajando. 

A la mañana siguiente, muy temprano, le escribí con un solo propósito: recuperar la guitarra. "¿Estás despierto? Quiero mandar un Uber para que recoja la guitarra de mi abuelo". Me contestó media hora después que no se encontraba en casa. "No mandes un Uber, yo la llevo cuando regrese" pero, ¿cómo podía confiar en las palabras de ceniza de un hombre que prometía y prometía sin cumplir nada? "No es necesario, te mando el Uber. Sólo avísame cuando llegues", respondí, esta vez sin reclamos por el plantón del día anterior, sin necedades, sin accesorios, sin nada. Frío, con esa frialdad que lo caracterizaba cada vez que algo le molestaba, prometió escribirme una vez que regresara.

No me escribió. Yo volví a contactarlo para preguntarle en qué momento del día siguiente podía mandar el Uber, porque a esa hora ya no estaba la señora María Luisa y no había nadie en casa para recibir el instrumento. Me explicó dónde había pasado el día, como si a esas alturas necesitara saberlo, y quedamos en que enviaría el transporte al día siguiente a las 9:45 am.

El martes desperté ansiosa por que fuera la hora acordada.  Después leí que había mucho tráfico en la avenida que llegaba directo de la casa del hombre de los gatos hasta la mía y, al diez para las nueve, pregunté si podía mandar el auto a su casa en ese momento. Mi examante estaba conectado y no me contestaba. El tiempo pasaba y yo leía "en línea" con mortificación. Le llamé veinte minutos después. Ocupado. Cinco minutos más tarde, me mandaba a buzón. Al fin, como la tercera es siempre la vencida, me contestó. Yo entré directamente en materia y él, no sé si indiferente, no sé si enojado, accedió a que lo mandara a esa hora. Casi se sentía como si me estuviera haciendo un favor. ¿El favor de devolverme una guitarra con altísimo valor sentimental? ¿El favor, quizá, de detener su ocupadísimo día de desempleo para entregarle la guitarra al chofer de Uber? ¿El favor de dejarme ir cuando yo quería, y no cuando él lo considerase necesario? A mí me quedaba muy claro que la devolución de la guitarra marcaba nuestro final. Asimismo, su falta de comunicación posterior a la entrega me hace pensar que él también lo sabía. 

Quisiera rematar con "Pero en realidad sólo él conoce lo que pasa por su cabeza", sin embargo —tal vez sea mi resentimiento hablando—, dudo que lo sepa. Dudo que le importe, por lo menos respecto a lo concerniente a mí. Únicamente diré que, después de su molestia manifiesta y mi preocupación creciente, cuando abrí la puerta trasera del coche donde la guitarra venía, sentí alivio y liberación. 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Velorios

No sé qué está pasando con las coincidencias. Quizá sea que uno las encuentra y en realidad no existen. Es más, iré al diccionario a buscar específicamente qué significa la palabra. Ya regreso.

Coincidir, de acuerdo con la RAE:
[...]
3. intr. Dicho de una cosa: Ajustarse con otra, confundirse con ella, ya por superposición, ya por otro medio cualquiera.

Hoy, la tercera acepción queda perfectamente con lo que ocurrió en el día, con lo que está pasando últimamente.

Mi tía segunda murió. Toda su vida, desde niña, luchó contra el cáncer y, de nueve años para acá, contra un tumor cerebral. Cuando le dijeron que era necesario abrirle la cabeza para extraerle aquel gigante que se albergó sin permiso en su cerebro, la fui a ver. Ya no éramos cercanas pero, ante la posibilidad de la muerte, las rencillas quedan atrás y hay pocas cosas peores que no complacer a un moribundo.
Sobrevivió la cirugía con terribles consecuencias, porque de ahí para adelante ya no pudo valerse por sí misma. En estos actos de la vida que parecen contra natura, sus padres, ya desde entonces ancianos, envejeciendo cuidando a una enferma que, gradualmente, fue deteriorándose en todos los sentidos, a excepción de sus ganas de seguir con vida.

Finalmente, su agonía de casi una década concluyó. Sus padres, que la sobreviven, se hicieron cargo de ella y ahora ya no tienen que vivir la enfermedad de su hija.

No veía a mi tía desde hace un par de años, cuando sobrevivió a otra cirugía. Recuerdo que su imagen me impresionó: el cráneo aplastado, su rostro desfigurado y el cuerpo postrado en la cama me hicieron pensar que esa no era vida. Creí que no me reconocería, y sin embargo, cuando me vio, esbozó una mueca insípida que, me dijeron, era una sonrisa. Puse especial atención en su testa rapada, porque recordé que, de niña, me parecía que tenía una cabellera china preciosa, y ya nada quedaba de ella.
En el funeral, me dijeron que pasó algunos días en agonía. Que perdió los reflejos. Que perdió la vista. Mi hermano me avisó que la tía Julieta chica, como siempre la nombramos, había expirado. Pregunté por mis tíos. "Están tranquilos", me respondió, "ya no querían ver a su hija sufrir tanto".

Mi mamá, mi hermano y yo fuimos al velorio, que se llevó a cabo en la misma funeraria donde conmemoramos a mi abuelo.

"Capilla seis", leí en el pizarrón cuando ingresamos al recinto. Las manos empezaron a sudarme. "Segundo piso". Empecé a temblar. Entré al baño, intenté tranquilizarme. "Igual y no es", me dije en el espejo mientras terminaba de lavarme la manos... Pero sí era: la capilla donde velamos a mi abuelo con un poco de parentela y los amigos cercanos que se enteraron de su muerte a tiempo para acompañarnos. Aunque con mínimas remodelaciones, era el mismo lugar. El mismo olor a flores blancas de diferentes tipos. El mismo féretro gris. La misma distribución de espacios. Los mismos sillones diseñados para hundirse en los asientos, como si fueran a reconfortarnos de alguna manera.

Hiperventilaba. Quería soltarme a llorar, pero me pareció una falta de respeto a las circunstancias —sin mencionar que de egoísmo absoluto— hacerlo por mis recuerdos y no por mi tía muerta. Además, nadie sollozaba. Todos estaban tristes, pero tranquilos. Y en cambio a mí las lágrimas se me agolpaban en las entrañas, como las olas que se rompen en los acantilados. 

Luego pensé que sería buena idea acudir a los velorios, como plañidera. Me acordé de un par de personajes. ¿Por qué no? ¿POR QUÉ NO? Era mi ansiedad hablando, una vez más, como en últimas fechas ha hecho. Mi abuelo, MI ABUELO. Mi corazón. ¿MI CORAZÓN? ¿Dónde está mi alma? ¿Está, acaso, en el féretro? ¿Dónde está mi abuelo? 

Recordé mi sueño, ese del hospital subterráneo en el que lo busco, solo para no encontrarlo. Ese donde me encuentro con un hombre de cabello gris, delgado, que viste una chamarra de cuero y se la acomoda mientras me dice que es inútil seguir buscando. 

Evoqué otro sueño, en el departamento de antaño, con Gaga ahí, aunque ni había nacido, en la mañana, despertando. Mi abuelo, con su voz estruendosa, nos deseaba los buenos días, y cuando estaba por ver que se asomaba para platicar, me desperté con el rostro empapado. 

¿Dónde estás, Ilde? ¿Soy egoísta hasta por llorarte ahora que te necesito tanto y la vida me trae al lugar donde te despedimos? Quiero tirarme en la cama y escuchar que, en las habitaciones contiguas, tú gritas "Gol" mientras yo ahogo las lágrimas, tal como los clavadistas profesionales meten el agua a la alberca. Quiero que estés cerca, como estabas, en la ignorancia —o la pretensión de ella— de que me siento mal, porque tu presencia es un consuelo que se me ha escapado para siempre. 

En estos días de dolor y de terribles coincidencias, tu ausencia es el peor de los males. Te extraño, mi Ilde. Te extrañaré siempre.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Los gatos

Tuve un gato llamado Tolstói. Uno de esos que hacen cierto el dicho de que los felinos eligen a sus dueños. Nos conocimos en el estacionamiento de mi casa. Era un animalito tierno conmigo y feroz con sus compañeros de especie. Poco a poco fue entrando a mi vida, y poco a poco fue entrando a mi casa. Incluso Gaga, mi hermosa perrita, terminó por aceptarlo. 

La primera vez que se quedó en casa, durmió por días en mi cama. La primera vez que lo bañé, porque lo había llevado al veterinario y se había hecho popó a causa del susto, me clavó las uñas y no volvió a separarse de mí. Me ronroneaba y me daba masajes para dormirse en mi torso. Mi hermano lo cargaba en brazos mientras le decía "Tecuán".

Tolstói se me murió en brazos. Fue breve nuestro amor, pero muy significativo. Tenía leucemia y había estado enfermo el último mes que pasó con vida. Ni siquiera llegó al veterinario sino que, entre maullidos lastimeros, dio el último respiro para no volver en sí. Me sentía culpable porque no pude hacer más por él; sin embargo, cuando la gente me consolaba, me decía que le había dado una buena calidad de vida y que él había muerto sabiéndose amado.

Yo tenía una semana de conocer a quien, desde ese día, decidí que se convertiría en mi pareja y, entre los puntos de convergencia que teníamos, estaba el gusto por los gatos. Justo cuando estaba por salir del veterinario donde había entregado a Tolstói para que lo cremaran, aquel hombre, que después se convertiría en mi cómplice, me escribió para preguntarme si quería verlo. "Mi gato acaba de morir", le contesté, "No sé si sea la mejor compañía". Y aún así, afirmó que quería estar conmigo. Y estuvimos. Yo no quería llorar la partida de mi bebé gatuno en cada rincón de mi casa, de modo que fui a la suya. En ese entonces tenía un par de felinos que me hicieron llorar con su presencia y luego me consolaron así, sin hacer nada más que estar ahí.

Los meses que duré con mi pareja fueron breves, pero terminé muy involucrada con él. Nunca había tenido una relación formal, así como nunca antes había tenido un gato, y buena parte de nuestra cotidianidad fueron los suyos. Primero Manchas y La Güera, y luego llegó una bebé a la que él, el hombre de mis días, nombró Mauricia. Mis fines de semana se colmaron de aquellos cuatro y, a veces, regresaba a mi casa impregnada particularmente del olor de Manchas.

Al principio, veía a Manchas y me parecía que era una mujer celosa que guardaba cierta tregua conmigo, como si estuviese consciente de que yo era capaz de darle a su hombre las pocas cosas que él no podía proveerle. Luego sentí que me guardaba afecto y, hacia el final de nuestra relación, casi podía afirmar que me quería.

Aquel domingo, todavía clavado en mis entrañas, en que el dueño de Manchas me dijo que no podía estar conmigo, me despedí de los tres gatos también. "Cálmate", me pidió, "no es que no vayas a volver a verlos, solamente te estoy pidiendo tiempo".

No volví a ver a Manchas. Una semana después de aquella ruptura, se murió en brazos del hombre de nuestros afectos. Tal como Tolstói era mi compañero, Manchas era compañero, amo y señor de ese otro señor. Igual que Tolstói, Manchas se murió en los brazos del ser que más amaba en el mundo. Le dedicó su último suspiro y se fue.

Yo me enteré poco tiempo después de que sucedió. El mismo día, un par de horas más tarde, cuando los restos de Manchas estaban ya en la veterinaria, dispuestos para su próxima cremación. Hablamos largamente de sus tormentos en torno a la muerte del felino. Hablé un poco de mi experiencia con Tolstói y, posteriormente, cuando dejamos de hablar, no pude evitar pensar en la coincidencia de que el inicio de nuestra relación estuviera marcado por la muerte de un gato amarillo, mientras que el final, por la de un gato gris.

Seguramente a él, en el dolor, eso ni siquiera le pasa por la cabeza.

domingo, 4 de septiembre de 2016

El retrato de la tristeza

Cuando pasé por la que quizá podría catalogar como la mayor sensación de tristeza en mi vida -si es que es posible categorizar esas situaciones-, me tomé una foto. Las selfies no estaban tan de moda como ahora, pero me acuerdo que me encontraba sentada en un escritorio de la universidad, con una playera azul. Me recargué sobre mis brazos encima del cristal del pupitre, hundí el rostro en medio y suspiré largamente, como cuando uno ahoga el llanto en el silencio, y sin embargo el dolor deja un eco. Tomé mi celular y, en ese preciso instante de tristeza, decidí que era momento de tomarme una foto.

"Qué lindos ojos tengo", pensé cuando vi el retrato consumado en la pantalla, y me di cuenta, con sorpresa, de que se me veían aún más bellos porque no podía ocultarlos de la tristeza que me embargaba. Eran la parte manifiesta del tormento interno que vivía pero, curiosamente, todo aquello que implotaba en mi espíritu se manifestaba tranquilamente en la mirada. No había inquietud en las pupilas, sino brillo. El entrecejo no estaba fruncido, sino resignado.

Luego me vi los labios. "Son muy simétricos", me dije, y se notaba más porque la boca no estaba torcida, ni en una mueca de dolor ni tampoco esbozando una sonrisa. Mi rostro, ligeramente inclinado, hacía que el cabello cayera todo a la derecha, el marco perfecto de aquel retrato de dolor certero.

Aún era una adolescente cuando aquella foto ocurrió, y la subí a las incipientes redes sociales a pesar de que sabía que no reflejaba más que mi profunda tristeza. Pero qué más daba, sentía que me veía tan bella en aquel autorretrato, que busqué la admiración.

El tiempo, glorioso, inclemente, ha transcurrido. Sin embargo, como si fuera ciclo y no línea, vuelvo a sentirme como en la ocasión que, adolescente e inexperta, me tomé una selfie en medio del resquemor. No me he fotografiado: en el espejo veo bien que tengo la piel reseca a causa de la ansiedad, aunque luego la mirada se desvía en una búsqueda desesperada dentro de mis pupilas castañas, y parece agotar recursos solo para salir de mí, frustrada por no encontrarme. Aún así, justo en los quince días que lleva la revolución interna que estoy atravesando, he recibido muchos comentarios sobre lo bien que me veo. "¿Qué te has hecho, que te ves tan guapa?", inquirió ayer mi vecina. "Ni siquiera me he bañado", quise contestar, pero preferí orientar la conversación hacia mi situación laboral. "Has bajado de peso", afirman otros. "Es que la comida me da asco, y no porque esté embarazada, sino por autodestructiva", tengo el impulso de responder, pero en cambio asiento con la cabeza, pongo mi sonrisa más franca dadas las circunstancias, y apelo a la ignorancia: "¿Tú crees? No estoy haciendo nada".

Así que quizá, en medio de todo esto, mi cuerpo se adorna de una melancolía que resulta atractiva. Me pregunto, sin afán real de obtener respuesta ahorita, si en realidad será que me guste estar triste, si yo lo provoqué, si mis demonios me sientan mejor que mis felicidades y, lo peor, si esa adolescente de hace once años, que se atrevió a fotografiarse en medio del dolor, estaba más consciente que yo de estas respuestas.

La guitarra

Y de pronto escuchas el sonido de una guitarra. Te trae recuerdos de los últimos cuatro meses de tu vida, no tan maravillosos para la cantidad de lágrimas que has derramado. El sonido no tiene nada que ver con los acordes que marcaron tus fines de semana, pero el instrumento te recuerda a ese hombre que te quiso y luego no te quiso. Por eso te dejó a la deriva.
Y de pronto, otra vez, como si no te fuera suficiente el dolor del recuerdo, la melodía te trae a la memoria que, en su casa, dejaste olvidado el objeto más significativo de todos, ese que fue el primero que debías haber reclamado. El de tu abuelo. El que prestaste y que, cuando recogiste tus cosas, no te llevaste.
Está ahí. En su casa. Y tú, con el corazón roto -doblemente roto ahora, además, porque no recordaste y el instrumento que fue de tu abuelo está ahí, en el estuche, recargado en la pared que te escuchó reír, gemir y, en última instancia, llorar y decir adiós- tienes que buscar al sujeto que tiene en su poder aquella guitarra que no vale nada, pero para ti, hoy sí, vale oro.
La guitarra te escuchó decir adiós. Quizá, con sus cuerdas flojas incapaces de expresarte que estabas olvidándola... Una parte de tu abuelo, una parte de ti se quedó ahí.
Y ahora, en un futuro próximo, tendrás que ir por ella, porque la ansiedad no te va a dejar vivir mucho tiempo con la noción de que olvidaste la guitarra de tu abuelo en ese lugar donde hubo felicidad y ahora nada.

sábado, 3 de septiembre de 2016

El productor

Por azares del destino conocí a un ludópata. Siempre había sentido aversión hacia los apostadores, pero este me sorprendió en la medida en que, desde el primer día que lo vi, entre cigarro y cigarro, se sinceró conmigo y me contó que se había gastado la quincena en un casino: había tenido que pedir dinero prestado por internet para comprar cigarros Montana, porque para Camel no le alcanzaba. Según me había dicho, ganaba mucho dinero produciendo comerciales para un canal de deportes, pero ninguna quincena resultaba suficiente para cubrir los gastos de su adicción.
Me cayó bien su sinceridad y, como no lo frecuentaba por ningún objetivo económico, me di permiso de que ese ludópata en particular se convirtiera en mi amigo.
Después, en el desengaño, entendí que una de sus características más arraigadas era, también, la mentira. Entonces los azares cambiaron de rumbo y dejé de hablar con él.
No volví a pensar en él ni en su adicción al juego sino hasta hoy, cuando el conductor del Uber que me transportaba, me preguntó a qué me dedico. "Trabajo en televisión", respondí. "¿Y conoces a algún famoso?" "He visto a algunos". Entonces me dijo que, en realidad, a él la gente famosa le tenía sin cuidado, salvo por algún comediante de botas de cuero, cuyo nombre no recuerdo, a quien quería conocer.
"Cuando trabajaba en un casino, prosiguió con el soliloquio, me hice cuate de un cliente frecuente. Era productor en un canal de deportes y me dijo que, si le pegaba a un buen premio, me iba a dar un porcentaje. Yo le contesté, 'no, jefe, mejor presénteme a un famoso a quien siempre conocer'. Me respondió que a quien quisiera, pero cuando le di el nombre de mi ídolo, negó saber quién era." Según quien me contaba la historia, el tipo sí había ganado un premio mayor y, como era de esperarse, no lo repartió con nadie, sino que volvió a apostarlo.
La última vez que vi al productor me contó, entre cigarro y cigarro —ahora sí Camel— que había ido al casino el fin de semana anterior. "Gané doce mil pesos", exclamó con un brillo en los ojos. "Y luego los perdí", musitó, ahora con la mirada derrotada. "Bueno, al menos me fui tablas. Sigo teniendo mi quincena."
Y entonces, cuando me di cuenta de que el conductor de Uber y yo teníamos un conocido en común, le cambié el tema.

viernes, 2 de septiembre de 2016

El silencio

No puedo acallar mis demonios. Necesito tener el alma en silencio.

Los treinta

Qué infantil me siento. Y qué nada me siento. Y qué triste. Y cuán desencantada. Y cuánto dolor por nada. Y no escucho a la Pausini, pero como si la escuchara, a los catorce, con las hormonas descontroladas. Y cuán larga es la espera, pero llega, y llega nada.

Los treinta son un número, un conteo de necedades, no sé si de experiencia.

lunes, 17 de agosto de 2015

Nocturno en desesperación

Te sueño. Todavía. En mis noches de letargo o ante la incertidumbre de tu presencia en los lugares en los que comúnmente te encuentro, te sueño. Mi inconsciente saca la frustración de mi timidez, aunque al mismo tiempo me da aliento para seguirte añorando.

En esta desesperación de dejar lo que no existe, ante la inminente de realidad de que no existirá jamás, he llegado a preguntarme cuándo será el día en que alguien te encuentre. Una mujer más astuta que yo, que tenga la lupa puesta y se dé cuenta de que eres una joya auténtica en exhibición.

Sin duda, cuando ocurra, sentiré el yugo del dolor. Toda yo me convertiré en pecho oprimido. Me preguntaré constantemente si esa pude ser yo, con la duda en la sangre corroyendo más a mis órganos impíos. Lloraré rabia, envidia y tristeza, si acaso no estoy por llorarlas únicamente ante la idea de que eso pueda suceder. Sin embargo, una parte de mí ansía que alguien te encuentre y me ayude a salir de este letargo de años. Que dejemos de hablarnos, porque ya está ella y yo seré nadie, como nunca he sido, como nunca seré.

¿Cuándo será el día que tu nuevo alguien me arranque de tajo estas ilusiones, pues por más que trato de reprimirlas, afloran en las noches y se me marchitan en los días? Por más que intento, parece que el tiempo pasa y la invención de ti se adhiere a mis entrañas. ¿Cuándo será el día que te vuelvas real? 

lunes, 10 de agosto de 2015

Desesperanza

Soñé contigo. Que estabas en el aeropuerto y yo estaba ahí, también. Habías entrado ya a las salas de espera después del check-in y la revisión de las maletas. ¿Por qué estabas ahí? No lo sé. ¿Por qué no nos habíamos visto? No lo sé. Subí y bajé cientos de escaleras. El ritmo de las eléctricas no era lo suficientemente rápido, de manera que escalaba, de par en par. Una mujer policía se apiadó de mí y me dio acceso adonde estabas tú... pero, ¿dónde estabas? ¿En qué salida? Te llamé. ¿Dónde estás? Dime adónde debo caminar. "I am just about to board the plane", me contestabas. ¿Dónde estás? ¿Dónde? ¿Dónde?

Era un aeropuerto mucho más grande que la terminal 2 del mexicano. No nos entendíamos. Yo no sabía hablar el idioma con el que te dirigías a mí. ¿O sí? Me daba la impresión de que no querías verme, pero era ya muy tarde para preguntar qué querías tú. Si estaba ahí era por todo lo que yo quería, o lo que quise alguna vez. En medio de la marabunta de gente que estaba ese día, en mi sueño, en el aeropuerto, empecé a sollozar. ¿Será que no volveré a verte nunca?, pensé.

Y, con el mal sabor de esa certeza inundándome la boca a manera de saliva, desperté. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Mi corazón roto

 "Dentro de mí tu dulce voz escucho. Es como un eco que me rompe el corazón." 

Mi espíritu está roto desde que te fuiste, Ilde. 

lunes, 13 de abril de 2015

Murió joven

Hoy murieron Eduardo Galeano y Günter Grass. Este, a los 87 años; aquel, a los 74.

Me enteré primero del deceso del escritor alemán a propósito de una entrevista que publicó El País y que mi mamá tuvo a bien compartirme. No pude evitar comparar la edad de Grass con la de mi abuelo, que murió el 17 de marzo pasado, un mes antes se cumplir 83 años.

Además de la muerte, entre Grass y él no hay muchas coincidencias. Mi abuelo no era escritor, sino impresor de oficio. Un hombre muy trabajador que se jubiló después de una vida de labores arduas y de lujos moderados, producto de su intelecto agudo y sus manos prodigiosas. Fue padre de cuatro hijos, dos que engendró con mi abuela, dos que adoptó cuando se quedaron sin padre.

El 17 de marzo pasado murió mi padre. A los 82 años. El último día de vida de mi Ilde me ronda la cabeza. También el subsecuente, es decir, el primero de su ausencia. Me acuerdo del aroma de las flores, de la sensación fría de tocar un cuerpo embalsamado. Me acuerdo de los médicos del hospital, aparentemente insensibles a la muerte, porque ellos solamente manejan la vida. De los comentarios: que hay que dejarlo descansar, que no hay que llorar tanto, que hay que llorar lo que se tenga que llorar. No sé por qué, como una herida palpitante, recuerdo un comentario sin malicia, pero que me hizo chiraspelas. "Murió muy joven."

Murió muy joven, al inicio de su octagésima década en este mundo. ¿Porque quiso? Yo quiero pensar que así fue. Busco consuelo en la idea de que él tomó sus decisiones y que prefirió la muerte por encima de una vida enferma, no obstante que yo pensé que duraría muchos años más. Todo fue tan rápido, que mi abuelo no se dio ni cuenta de lo que tenía, porque estaba en el inicio y muy pronto llegó al final.

La muerte trae consigo un halo de egoísmo para los dolientes. Quisiera que mi abuelo hubiera vivido todos los años que le tocaban según mi perspectiva, y luego, cuando repaso, pienso que, efectivamente, los vivió, pero estoy enojada porque no fueron más.

"Murió joven". Seguramente, si hubiera escuchado que alguien lo adjetivaba así a los ochenta y dos años, se habría pitorreado. Hubiera dicho, entre risas, que no estaba bien ni mal, que estaba. "Uno se hace viejo", habría sentenciado como si estuviera desvelándonos la verdad del mundo.

Menos mal que también me rondan la cabeza sus frases célebres, aunque no son lo mismo sin el dominio de su voz. Son innumerables las veces que escuché la famosísima "Ni modo, dijo el zancudo, cuando volar ya no pudo." o su "Decía mi mamacita que las mujeres sin aretes son como las papas sin sal: no tienen chiste."

Tal vez sí, sí murió joven, porque últimamente que he visto sus fotos me he dado cuenta de que siempre lo vi rozagante. Hasta últimas fechas me dio la impresión de que ya era viejito. Hasta ese día, el último de su vida, lo dimensioné frágil, porque siempre fue un roble cuyo follaje nos protegió a todos.

Mi abuelo fue un hombre lleno de vida. Con aquella voz estruendosa que hacía eco en sus escuchas, y sus cejas pobladísimas, contrastantes con su cabeza calva, que no le dejaban disimular sus alegrías o sus disgustos. Con su risa contagiosa que invitaba a carcajearse con él hasta de sus chistes más bobos. Era un hombre sencillo, un hombre a quien la vida recibió con asperezas y cuyo camino de oportunidades se labró él. No ha habido nada hasta ahora que me doliera más que verlo muerto, aunque ese sea mi egoísmo hablando.

Como mencioné al principio, el mismo día que Günter Grass, murió también Eduardo Galeano a los 74 años de edad. El promedio de edad de vida del escritor alemán y del uruguayo es de 80.5. Mi abuelo, el joven Ildefonso, murió en el último mes de sus 82. Díganme tonta, pero no puedo evitar sentir que la estadística que aquí presento me da un poco de paz.

Un beso al universo, que es para ti y que espero que te encuentre, abuelo.

viernes, 20 de marzo de 2015

A mi Ilde

Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad. Dime si esta noche tú te vas de ronda como él se fue.



sábado, 24 de enero de 2015

Incendio en seco

Parece que la espalda se ha cansado de sostenerme. Ni porque le quité kilos de encima, ni porque, de las incongruencias médicas, he procurado seguirlas todas.

Me clava un no rotundo en la piel con angustia. En el costado izquierdo, en la zona lumbar, en la pierna. "Camine un poco, pero no se mueva" parece la instrucción más incongruente, pero en este cuerpo que de pronto me sabe a papel quemado, resulta una indicación que viene muy bien.

Por primera vez en días, creí que está lumbalgia cedía un poco. Creí que, al fin, la salud por la que he luchado desde el abandono de la obesidad mórbida estaba regresando. Sólo que no. Mi cuerpo y la vida me hicieron notar que no estoy lista. No estoy lista para andar mi camino de regreso al mundo, ni con bastón ni sin él.

"Siete días de incapacidad", dijeron. Hoy, por un minuto, pareció que el doctor había exagerado. Me dio la impresión de que tal vez, sólo tal vez, podría buscar la forma de revocar mi sentencia de reposo obligatorio.

No. Una voz grave y profunda resuena en mi cuerpo. Una voz enojada. No. Un punzón. No. Contractura. ¡No! Y en el latigazo final, ya no puedo caminar un poco, sólo no me muevo; simplemente me quedo ahí, torturada, pero tranquila porque, después de un rato de tortura y aunque el dolor permanezca, mi espalda y yo encontramos tregua.

viernes, 9 de enero de 2015

Perdiendo peso

En mi primer entrada del año quiero expresar mi felicidad: hoy fui a comprar una chamarra y un suéter, y la ropa de Junior's me queda :D

Voy por el camino correcto.

jueves, 11 de diciembre de 2014

What happened to us

Harmony, that's the word that's still in my mind. Harmony. It's not about what's lasting or permanent, it is about individual voices coming together for a moment and that moment lasts the length of a breathe.

- Francis Underwood. House of Cards


Goodbye...

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La Jeni

Ella salva. Ni cuenta se da. Sonríe y punto. Salva. Es una hechicera inconsciente: con la mirada le basta para lanzar el conjuro fatal.

A mí me ha salvado en muchas ocasiones. De mí. De mis demonios. De los demás. Cuando se ríe. Cuando intercambiamos vulgaridades. Cuando trabajamos de madrugada e intentamos cantar las inalcanzables notas de Mónica Naranjo. Cuando se pone sus audífonos infinitos e interpreta a sus favoritos, aunque no sean favoritos de nadie más.

Sabe todo de mí. Hasta las cosas que no quisiera que se supieran. No las comenta conmigo, pero las sabe. Aguanta. Busca a esta ermitaña condenada a su ostracismo y la saca al mundo. Bailan. Bromean. Lloran. Comen. Ella lechugas porque su fuerza de voluntad es bárbara. Un día se siente gorda y al otro se contonea como Kim Kardashian. Justifica lo injustificable, como superheroína de Marvel. Va a marchas. Es activista. Es idealista. Familiar. Cursi. Tiene cinturita. Me alegra los días con sus ocurrencias. Me enojo con ella y los descompone.

Salva. Uno sabe que cuenta con ella. Se cree una cabrona, pero es un panecito suave que deleita al más renuente. La mandaron un poco más lejos de mí, pero en mi corazón, su amistad está cada vez más cerca.

Jeni, la que salva, se merece palabras más dignas de agradecimiento. Gracias, Jeni, por salvarme diario, de mí misma, de mis demonios, de los demás. Gracias por tu amistad.

Feliz cumpleaños.

sábado, 26 de julio de 2014

Mi brevísima reseña sobre Fifty Shades of Grey

Me llama la atención que Christian Grey sea un personaje masculino de quien muchas mujeres se han prendado, cuando su inverosimilitud radica justamente en que está mal construido y se nota que surgió de la fantasía de una mujer —ni siquiera tengo que decir si es buena o mala escritora—.

La novela no tiene conflicto en realidad. En teoría, Anastasia está en contra de la sumisión, pero resulta ser la más sumisa de todas: se enamora de un tipo que la tortura psicológicamente y cuyo carácter la hace vivir constantemente angustiada, eso sin mencionar la tremenda cortedad mental que se vislumbra en comentarios como "sus perversiones" o "Christian es un depravado" (cuando, en teoría, la protagonista es una mujer inteligente y letrada. ¿No se supondría que tendría que ser más abierta y dejar de pensar en depravaciones, porque son filias?). ¿Acaso la está violando? ¿La obliga a hacer algo contra su voluntad? Y cuando de veras la maltrata, ella sale con su "yo tengo que hacer lo que él me pida porque lo necesita". Bah.

Había recibido comentarios de que era una especie de Marqués de Sade para señoras, pero la verdad es que seguro el Marqués se reiría de las inocentadas tanto de Anastasia como de Christian y castigaría a E. L. James en una escena a la Justine.

Tal parece que la novela fue elaborada con una plantilla: suceso, sexo, sexo, suceso, sexo, sexo. Ya ni hablemos de la inverosimilitud de las relaciones sexuales que relata. Él le avisa absolutamente todas las cosas que le va a hacer y ella, que está dividida en tres personalidades (el subconsciente, la diosa interna y ella misma), sobreanaliza todos los comportamientos de Grey. Este pésimo desdoblamiento de la personalidad de Anastasia es el único recurso narrativo de la autora.

Me pregunto qué será de las mujeres vírgenes que lean este libro y se crean que el pene de un hombre es de "acero cubierto de terciopelo". ¡Qué imagen tan desafortunada!

Aún peor de lo que me la había imaginado.