lunes, 17 de agosto de 2015

Nocturno en desesperación

Te sueño. Todavía. En mis noches de letargo o ante la incertidumbre de tu presencia en los lugares en los que comúnmente te encuentro, te sueño. Mi inconsciente saca la frustración de mi timidez, aunque al mismo tiempo me da aliento para seguirte añorando.

En esta desesperación de dejar lo que no existe, ante la inminente de realidad de que no existirá jamás, he llegado a preguntarme cuándo será el día en que alguien te encuentre. Una mujer más astuta que yo, que tenga la lupa puesta y se dé cuenta de que eres una joya auténtica en exhibición.

Sin duda, cuando ocurra, sentiré el yugo del dolor. Toda yo me convertiré en pecho oprimido. Me preguntaré constantemente si esa pude ser yo, con la duda en la sangre corroyendo más a mis órganos impíos. Lloraré rabia, envidia y tristeza, si acaso no estoy por llorarlas únicamente ante la idea de que eso pueda suceder. Sin embargo, una parte de mí ansía que alguien te encuentre y me ayude a salir de este letargo de años. Que dejemos de hablarnos, porque ya está ella y yo seré nadie, como nunca he sido, como nunca seré.

¿Cuándo será el día que tu nuevo alguien me arranque de tajo estas ilusiones, pues por más que trato de reprimirlas, afloran en las noches y se me marchitan en los días? Por más que intento, parece que el tiempo pasa y la invención de ti se adhiere a mis entrañas. ¿Cuándo será el día que te vuelvas real? 

lunes, 10 de agosto de 2015

Desesperanza

Soñé contigo. Que estabas en el aeropuerto y yo estaba ahí, también. Habías entrado ya a las salas de espera después del check-in y la revisión de las maletas. ¿Por qué estabas ahí? No lo sé. ¿Por qué no nos habíamos visto? No lo sé. Subí y bajé cientos de escaleras. El ritmo de las eléctricas no era lo suficientemente rápido, de manera que escalaba, de par en par. Una mujer policía se apiadó de mí y me dio acceso adonde estabas tú... pero, ¿dónde estabas? ¿En qué salida? Te llamé. ¿Dónde estás? Dime adónde debo caminar. "I am just about to board the plane", me contestabas. ¿Dónde estás? ¿Dónde? ¿Dónde?

Era un aeropuerto mucho más grande que la terminal 2 del mexicano. No nos entendíamos. Yo no sabía hablar el idioma con el que te dirigías a mí. ¿O sí? Me daba la impresión de que no querías verme, pero era ya muy tarde para preguntar qué querías tú. Si estaba ahí era por todo lo que yo quería, o lo que quise alguna vez. En medio de la marabunta de gente que estaba ese día, en mi sueño, en el aeropuerto, empecé a sollozar. ¿Será que no volveré a verte nunca?, pensé.

Y, con el mal sabor de esa certeza inundándome la boca a manera de saliva, desperté. 

lunes, 4 de mayo de 2015

Mi corazón roto

 "Dentro de mí tu dulce voz escucho. Es como un eco que me rompe el corazón." 

Mi espíritu está roto desde que te fuiste, Ilde. 

lunes, 13 de abril de 2015

Murió joven

Hoy murieron Eduardo Galeano y Günter Grass. Este, a los 87 años; aquel, a los 74.

Me enteré primero del deceso del escritor alemán a propósito de una entrevista que publicó El País y que mi mamá tuvo a bien compartirme. No pude evitar comparar la edad de Grass con la de mi abuelo, que murió el 17 de marzo pasado, un mes antes se cumplir 83 años.

Además de la muerte, entre Grass y él no hay muchas coincidencias. Mi abuelo no era escritor, sino impresor de oficio. Un hombre muy trabajador que se jubiló después de una vida de labores arduas y de lujos moderados, producto de su intelecto agudo y sus manos prodigiosas. Fue padre de cuatro hijos, dos que engendró con mi abuela, dos que adoptó cuando se quedaron sin padre.

El 17 de marzo pasado murió mi padre. A los 82 años. El último día de vida de mi Ilde me ronda la cabeza. También el subsecuente, es decir, el primero de su ausencia. Me acuerdo del aroma de las flores, de la sensación fría de tocar un cuerpo embalsamado. Me acuerdo de los médicos del hospital, aparentemente insensibles a la muerte, porque ellos solamente manejan la vida. De los comentarios: que hay que dejarlo descansar, que no hay que llorar tanto, que hay que llorar lo que se tenga que llorar. No sé por qué, como una herida palpitante, recuerdo un comentario sin malicia, pero que me hizo chiraspelas. "Murió muy joven."

Murió muy joven, al inicio de su octagésima década en este mundo. ¿Porque quiso? Yo quiero pensar que así fue. Busco consuelo en la idea de que él tomó sus decisiones y que prefirió la muerte por encima de una vida enferma, no obstante que yo pensé que duraría muchos años más. Todo fue tan rápido, que mi abuelo no se dio ni cuenta de lo que tenía, porque estaba en el inicio y muy pronto llegó al final.

La muerte trae consigo un halo de egoísmo para los dolientes. Quisiera que mi abuelo hubiera vivido todos los años que le tocaban según mi perspectiva, y luego, cuando repaso, pienso que, efectivamente, los vivió, pero estoy enojada porque no fueron más.

"Murió joven". Seguramente, si hubiera escuchado que alguien lo adjetivaba así a los ochenta y dos años, se habría pitorreado. Hubiera dicho, entre risas, que no estaba bien ni mal, que estaba. "Uno se hace viejo", habría sentenciado como si estuviera desvelándonos la verdad del mundo.

Menos mal que también me rondan la cabeza sus frases célebres, aunque no son lo mismo sin el dominio de su voz. Son innumerables las veces que escuché la famosísima "Ni modo, dijo el zancudo, cuando volar ya no pudo." o su "Decía mi mamacita que las mujeres sin aretes son como las papas sin sal: no tienen chiste."

Tal vez sí, sí murió joven, porque últimamente que he visto sus fotos me he dado cuenta de que siempre lo vi rozagante. Hasta últimas fechas me dio la impresión de que ya era viejito. Hasta ese día, el último de su vida, lo dimensioné frágil, porque siempre fue un roble cuyo follaje nos protegió a todos.

Mi abuelo fue un hombre lleno de vida. Con aquella voz estruendosa que hacía eco en sus escuchas, y sus cejas pobladísimas, contrastantes con su cabeza calva, que no le dejaban disimular sus alegrías o sus disgustos. Con su risa contagiosa que invitaba a carcajearse con él hasta de sus chistes más bobos. Era un hombre sencillo, un hombre a quien la vida recibió con asperezas y cuyo camino de oportunidades se labró él. No ha habido nada hasta ahora que me doliera más que verlo muerto, aunque ese sea mi egoísmo hablando.

Como mencioné al principio, el mismo día que Günter Grass, murió también Eduardo Galeano a los 74 años de edad. El promedio de edad de vida del escritor alemán y del uruguayo es de 80.5. Mi abuelo, el joven Ildefonso, murió en el último mes de sus 82. Díganme tonta, pero no puedo evitar sentir que la estadística que aquí presento me da un poco de paz.

Un beso al universo, que es para ti y que espero que te encuentre, abuelo.

viernes, 20 de marzo de 2015

A mi Ilde

Luna que se quiebra sobre la tiniebla de mi soledad. Dime si esta noche tú te vas de ronda como él se fue.



sábado, 24 de enero de 2015

Incendio en seco

Parece que la espalda se ha cansado de sostenerme. Ni porque le quité kilos de encima, ni porque, de las incongruencias médicas, he procurado seguirlas todas.

Me clava un no rotundo en la piel con angustia. En el costado izquierdo, en la zona lumbar, en la pierna. "Camine un poco, pero no se mueva" parece la instrucción más incongruente, pero en este cuerpo que de pronto me sabe a papel quemado, resulta una indicación que viene muy bien.

Por primera vez en días, creí que está lumbalgia cedía un poco. Creí que, al fin, la salud por la que he luchado desde el abandono de la obesidad mórbida estaba regresando. Sólo que no. Mi cuerpo y la vida me hicieron notar que no estoy lista. No estoy lista para andar mi camino de regreso al mundo, ni con bastón ni sin él.

"Siete días de incapacidad", dijeron. Hoy, por un minuto, pareció que el doctor había exagerado. Me dio la impresión de que tal vez, sólo tal vez, podría buscar la forma de revocar mi sentencia de reposo obligatorio.

No. Una voz grave y profunda resuena en mi cuerpo. Una voz enojada. No. Un punzón. No. Contractura. ¡No! Y en el latigazo final, ya no puedo caminar un poco, sólo no me muevo; simplemente me quedo ahí, torturada, pero tranquila porque, después de un rato de tortura y aunque el dolor permanezca, mi espalda y yo encontramos tregua.

viernes, 9 de enero de 2015

Perdiendo peso

En mi primer entrada del año quiero expresar mi felicidad: hoy fui a comprar una chamarra y un suéter, y la ropa de Junior's me queda :D

Voy por el camino correcto.

jueves, 11 de diciembre de 2014

What happened to us

Harmony, that's the word that's still in my mind. Harmony. It's not about what's lasting or permanent, it is about individual voices coming together for a moment and that moment lasts the length of a breathe.

- Francis Underwood. House of Cards


Goodbye...

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La Jeni

Ella salva. Ni cuenta se da. Sonríe y punto. Salva. Es una hechicera inconsciente: con la mirada le basta para lanzar el conjuro fatal.

A mí me ha salvado en muchas ocasiones. De mí. De mis demonios. De los demás. Cuando se ríe. Cuando intercambiamos vulgaridades. Cuando trabajamos de madrugada e intentamos cantar las inalcanzables notas de Mónica Naranjo. Cuando se pone sus audífonos infinitos e interpreta a sus favoritos, aunque no sean favoritos de nadie más.

Sabe todo de mí. Hasta las cosas que no quisiera que se supieran. No las comenta conmigo, pero las sabe. Aguanta. Busca a esta ermitaña condenada a su ostracismo y la saca al mundo. Bailan. Bromean. Lloran. Comen. Ella lechugas porque su fuerza de voluntad es bárbara. Un día se siente gorda y al otro se contonea como Kim Kardashian. Justifica lo injustificable, como superheroína de Marvel. Va a marchas. Es activista. Es idealista. Familiar. Cursi. Tiene cinturita. Me alegra los días con sus ocurrencias. Me enojo con ella y los descompone.

Salva. Uno sabe que cuenta con ella. Se cree una cabrona, pero es un panecito suave que deleita al más renuente. La mandaron un poco más lejos de mí, pero en mi corazón, su amistad está cada vez más cerca.

Jeni, la que salva, se merece palabras más dignas de agradecimiento. Gracias, Jeni, por salvarme diario, de mí misma, de mis demonios, de los demás. Gracias por tu amistad.

Feliz cumpleaños.

sábado, 26 de julio de 2014

Mi brevísima reseña sobre Fifty Shades of Grey

Me llama la atención que Christian Grey sea un personaje masculino de quien muchas mujeres se han prendado, cuando su inverosimilitud radica justamente en que está mal construido y se nota que surgió de la fantasía de una mujer —ni siquiera tengo que decir si es buena o mala escritora—.

La novela no tiene conflicto en realidad. En teoría, Anastasia está en contra de la sumisión, pero resulta ser la más sumisa de todas: se enamora de un tipo que la tortura psicológicamente y cuyo carácter la hace vivir constantemente angustiada, eso sin mencionar la tremenda cortedad mental que se vislumbra en comentarios como "sus perversiones" o "Christian es un depravado" (cuando, en teoría, la protagonista es una mujer inteligente y letrada. ¿No se supondría que tendría que ser más abierta y dejar de pensar en depravaciones, porque son filias?). ¿Acaso la está violando? ¿La obliga a hacer algo contra su voluntad? Y cuando de veras la maltrata, ella sale con su "yo tengo que hacer lo que él me pida porque lo necesita". Bah.

Había recibido comentarios de que era una especie de Marqués de Sade para señoras, pero la verdad es que seguro el Marqués se reiría de las inocentadas tanto de Anastasia como de Christian y castigaría a E. L. James en una escena a la Justine.

Tal parece que la novela fue elaborada con una plantilla: suceso, sexo, sexo, suceso, sexo, sexo. Ya ni hablemos de la inverosimilitud de las relaciones sexuales que relata. Él le avisa absolutamente todas las cosas que le va a hacer y ella, que está dividida en tres personalidades (el subconsciente, la diosa interna y ella misma), sobreanaliza todos los comportamientos de Grey. Este pésimo desdoblamiento de la personalidad de Anastasia es el único recurso narrativo de la autora.

Me pregunto qué será de las mujeres vírgenes que lean este libro y se crean que el pene de un hombre es de "acero cubierto de terciopelo". ¡Qué imagen tan desafortunada!

Aún peor de lo que me la había imaginado.

miércoles, 2 de julio de 2014

Spell

Sometimes I wonder... But then I remember nothing can be the way it was before you. You cast a terrible spell on me. You cursed me. Even though I am free, I am attached to you. That was your spell: you physically let me go, but my brain remains thinking of you.

I was not able to cast that same spell on you. Your circumstances made you immune.

miércoles, 25 de junio de 2014

Sensei

Me había cuidado mucho de hablar de este tema aquí. La muerte de un ser querido es siempre un tabú, aunque como tal, es también una realidad con la que hay que convivir.
Tal vez también sea una situación que de pronto uno no se siente con derecho a relatar porque, ni sé bien cómo decirlo, pero no es nuestro.
Un amigo mío murió en mayo. Al anotarlo aquí, los ojos se me empañan. Nos escribíamos por chat más o menos seguido y nos vimos varias veces. Era amigo mío por sociedad: estaba casado con una amiga mía. Eran una pareja de ensueño, de esas en las que uno va creyendo menos conforme pasa el tiempo y se adquiere experiencia. Una pareja que uno se siente afortunado de atestiguar, porque el amor es maravilloso siempre, aunque a veces no se sea protagonista sino espectador.
Su muerte me hirió de manera profunda. Desde las generalidades (un hombre joven y brillante, con todo el futuro por delante) hasta las particularidades (escuchar canciones vanguardistas de los setenta gracias a sus recomendaciones o ver películas viejas). Tengo colgado ahí su bastón, que he sido incapaz de devolverle a la viuda. Tengo ahí un teclado que me prestó, que no me atrevo ni a ver, porque no lo toqué cuando aún vivía.
Su muerte me llenó de silencio y de pensamientos sobre el final de la vida. No es que quiera dejarla, al contrario, antes bien, irónicamente, ahora la veo como un gran sinsentido. ¿Será una etapa posadolescente? No lo sé.
A Emmanuel nunca le dije en vida lo mucho que lo admiraba. Sus conocimientos musicales, sus conocimientos académicos, el amor incondicional que le profesaba a Lauris y, sobre todo, la forma en que se ponía los guantes para revertir todos los ganchos al hígado que le tocó recibir. Me hubiera gustado hacer por él más que lo que hice: absolutamente nada.

sábado, 21 de junio de 2014

Estudio Black Swan: donde la magia del tango sucede

La primera vez que sentí verdadera desolación ante la muerte y añoranza por la reencarnación, fue cuando me hice consciente de que hay un par de bellas artes en las que nunca podría incursionar de manera profesional: la música y la danza. Qué ironía amar tanto a las musas y que estas no le tengan a uno ni desprecio.

Entre los intentos de mis dos pies izquierdos —producto de mi nulo oído musical— por incursionar en diferentes disciplinas de baile, me di cuenta de que, por más que lo intentara, el hado griego había vencido: nunca sería más que una observadora de aquellas musas quienes no volteaba ni a verme para reírse de mi poca habilidad.

Necia como siempre he sido, decidí plantarme frente al ese hado horrible y establecer una tregua; entonces el tango me encontró. Así es, yo no encontré clases de tango, sino que a fuerza de practicarlo, me encontré en él. Bailaba entre amigos y sentía confianza para mostrar mis problemas eternos de coordinación. Los ochos me costaron el triple de tiempo que a los demás y me ponía terriblemente nerviosa cada vez que tenía que bailar con un desconocido, pero al mismo tiempo me sentía tremendamente dichosa: gracias al tango exploré una feminidad mía que desconocía totalmente.

Sin importar qué pasara en otros aspectos de la vida, las clases y el baile ahí seguían en lunes de plática, baile y bálsamo.

Tiempo después la tregua se rompió: me lastimé el tobillo y a partir de ahí muchos sucesos hicieron que dejara definitivamente las clases. Posteriormente asistí a un par de clases y a unas prácticas, pero ya no me sentía cómoda. Esas personas desdeñosas no representaban mi idea de bailarines de tango. Nadie bailaba conmigo y después yo tampoco tenía interés en bailar con nadie. Era como si las leyes tangueras de sintonía y cercanía se hubieran roto en mi vida. Tal vez, como lo había dejado, no podría recuperarlo jamás...

Centro integral de arte y danza "Black Swan" 

Yazmín Garnelo —bailarina magnífica,  trabajadora ardua y, esencialmente, persona maravillosa— es la orquestadora de este magnífico lugar ubicado en la bellísima colonia San Rafael.  El sitio tiene todos los elementos para que ocurra la magia y yo la presencié ayer otra vez.

Llegué a la práctica de los viernes que, bajo el proyecto de "No Drama Tango", tiene la consigna de empezar con la dirección de un maestro de tango distinto cada semana. Arribé tímida, reservada, y cuál fue mi sorpresa que, a pesar de lo oxidada que me siento, nunca dejé de bailar. El ambiente exudaba cordialidad, empatía y la sensualidad propia de esta danza tan íntima.

Fui muy feliz. En un par de ocasiones incluso me sentí una magnífica bailarina y, más allá de eso, una mujer que, moviendo los pies al ritmo de la música, podía expresar su calidad y su condición femenina a fuerza de moverse gracias a la marca de los otros.

Las paredes del estudio, adornadas de estampas de la vida tanguera bonaerense, se volvieron mis amigas. Una vez más, como hace mucho no pasaba, el tango me encontró mientras este me marcaba un boleo y aquel me estrechaba en un abrazo de baile tan íntimo, que incluso los cruces adquieren un nuevo sentido de complicidad y confianza entre un par de desconocidos con un interés común: la expresión artística de sus almas a través del cuerpo.

Yazmín volvió a empezar con la apertura de su centro, así que, me quedé pensando: no habrá mejor atmósfera para que el hado y yo volvamos a bailar tango juntos, para que yo vuelva al acercarme a mis musas, que el Centro integral de arte y danza "Black Swan".

 Aquí está la página del Estudio Black Swan.

lunes, 16 de junio de 2014

Don't forget me, I beg, I remember you said...

This is for you, my friend...

domingo, 13 de abril de 2014

Uña enterrada

Soy necia. Las uñas se me entierran una, otra y otra vez, y por más que me prometo no volver a usar el castañascortauñas, lo cierto es que cada vez que siento que las uñas de los pies me crecen mínimamente, las corto "un poco" y ese poco termina dejando siempre algún pico chiquito que me molesta muchísimo. Siempre regreso al podólogo con el problema de una uña enterrada y le prometo que no volveré a confiar en mis pésimas habilidades...

En este episodio, el más reciente de todos, pude percibir dónde estaba el error: el corte no es parejo y queda una parte más larga. Es una parte mínima,  imperceptible para el ojo, pero tan molesta que el dedo gordo empieza a hincharse. Como siempre, me reprendí por no esperar la cita con el podólogo, pero uno tiene que ir aprendiendo así que, a diferencia de las ocasiones anteriores, esta vez pensé: mañana mismo voy por ayuda.

viernes, 4 de abril de 2014

Brisa

Hoy en la clase tuve una mala experiencia. De pronto, un par de adultos de séptimo semestre del sistema abierto -en los treinta o a punto de alcanzarlos- se rieron de mí. Sí, me sentí insegura, como cuando cursaba la preparatoria, aquellos días en que apenas abría la boca y era objeto de burlas. Pero ya no soy esa. También soy una adulta que rasguña los treinta. Los miré fijamente. Aunque estudiemos letras, en algunos casos, para los necios, las palabras no resultan suficientes, pero la mirada sostenida es remedio suficiente para su cobardía.

Salí de la clase molesta e incomoda. Volví a pensar en las discusiones que he sostenido con con la gente que sí tiene la mente abierta y que, como yo, ha sido discriminada constantemente so cualquier pretexto por quienes emplean la bandera de la equidad, muchos de los cuales obtuvieron o buscan un título de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Me dio pena por este país. Seguramente algunos de estos jóvenes adultos se convertirán en académicos o realizarán actividades relacionadas con las humanidades, sin recordar que la palabra viene de humánitas y que humánitas es humanidad, civilización, gentileza...

Me fui decepcionada. No por la lección académica, que había resultado valiosísima para mi camino hacia el saber, sino por la noción aterradora de que algunos humanistas pueden ser todo menos humanos. Entonces vi a una chiquita de cuatro años jugando con su Barbie. Yo estaba afuera de un salón esperando a una amiga mientras que ella, junto con su papá, esperaba a su mamá. La niña contaba la historia de Caperucita y, no solo eso, también la actuaba. Me la actuaba. Reímos diez o quince minutos gracias al histrionismo con que me narraba la historia del Lobo y su inventiva para crear personajes, mismos que iba guardando dentro de su bolsa de plástico, junto a la Barbie. "Esta niña es una artista", pensé.

Cuando salió, me di cuenta de que ya conocía a la madre: una señora de pelo crespo y siempre en falda, que va desde no sé dónde a estudiar, quien con una hija en plena edad de juego, trae siempre la tarea resuelta; una señora cuyas preguntas son inteligentes y novedosas. Entonces el malhumor dio paso a la alegría: si Brisa y su mamá están también en el futuro, mi mente se refresca con la brisa de esperanza.

sábado, 15 de marzo de 2014

No hay de otra...

"El amor no se elige, te elige... un día te das cuenta que es difícil estar lejos de él, que cuando estás con él piensas que dentro de un rato él se irá y lo besas con tanta pasión como si ese beso fuese a parar el tiempo o a darte mas minutos con él. El amor ya te escogió y tu tienes que dejarte llevar."

Julio Cortázar

miércoles, 25 de diciembre de 2013

Un recuento

Un año acaba y con él llega la costumbre de hacer un recuento. Quizá por nuestra educación moral, se nos obliga a calificar de bueno o malo un año. Hay que hacer un balance. Es un deber.

Pues bien, me rehúso, al menos en la teoría, a llevar a cabo una calificación de todo lo que viví en el año. Algunas cosas son públicas; otras, tan privadas que solamente mi propio espíritu podría delatarme, e incluso así me estaría revelando asuntos que desconozco.

Este año me desdoblé. Fui yo, pero también fui otra que no conocía. Y esa otra me asustó. Se apoderó de mí. Eso no me hizo menos responsable de mis actos, pero de pronto me encontré absolutamente dominada por alguien que era yo y que solo se me había aparecido una o dos veces, varios años atrás. Aquellas otras veces duró muy poco tiempo, esta vez, gradualmente, se instaló dentro de mí. Mis yo libraron una batalla que aún ahora, en ocasiones, siguen llevando a cabo. Fue una batalla de meses de soledad, de meses de dolor emocional, de incertidumbre que creí que me llevaría a la locura. Incluso ahora lo recuerdo y se me llenan los ojos de lágrimas. Pienso en cómo fui perdiendo los estribos, en cómo me hundí y en cuánto trabajo me costó levantarme.

Hubo testigos incansables. Constantes. Hubo, desafortunadamente, víctimas. Gente a la que lastimé en el proceso de transformarme. En la crisis de convertirme en quien no sabía que era... Hubo también quienes no supieron bien qué sucedía conmigo, pero me apoyaron sin necesidad de conocer detalles. A ellos les estoy inmensamente agradecida.

Al principio, sentí mucho dolor, adicional a la desesperación de sentirme al borde de la locura, porque me dio la impresión de que no me entendían. Sentí que aquella gente en quien confié ciegamente, me había dado la espalda. Pero ni confié tanto, ni tampoco tendrían por qué no habérmela dado.

Poco a poco, todo fue esclareciéndose. A fuerza de decidir que no quería seguir llorando,de reconocer que había caído, de aceptar que también soy esa otra , la que fue destrozándome, renací de las cenizas. Fue un proceso muy personal. Probablemente, incluso quienes lo vivieron de cerca consideren que exagero; sin embargo, tal fue mi proceso interno. Lentamente, mis fibras fueron regenerándose con lo que quedaba de mi yo antigua y se fundieron con esa otra que me negué a reconocer. En el horno donde se llevó a cabo la mezcla, perdí a gente que me importaba, otra decidió cambiar nuestra relación de tajo. Tuve que decir adiós a algunas de las personas en cuyo sendero me imaginé por siempre, pero también recuperé a otras de quienes ya me había despedido. En la oscuridad absoluta, yo fui mi propia luz. Cuando vi hacia abajo y miré el abismo, creí que inevitablemente caería; antes bien, cuando las lágrimas dejaron de obnubilarme el pensamiento, volteé y me di cuenta de que había quienes me observaban y me decían, en silencio, "a pesar de que puedes caerte, a pesar de que no podemos detenerte, estamos aquí para decirte que nos importas."

En la soledad absoluta, la del alma acongojada, decidí perdonarme y regresar al mundo. Busqué ayuda profesional para combatir mis demonios. Entonces, a fuerza de nombrarlos, fui liberándome de ellos. Gracias a eso, fui capaz de retomar la pluma, de escribir. De dejar de procastinar. Empecé a actuar.

Así que me da la impresión de que, en mi caso, este año no hay balances, las cosas solamente sucedieron. Ocurrió que padecí tantas enfermedades como nunca, que primero bajé de peso y luego subí. Ocurrió que crecí. Por primera vez en la vida ya no me siento una niña. Por primera vez en la vida me di el valor como lo que efectivamente soy. Viajé. Escribí sin tabúes. Perdí amistades. Gané amistades. Me gané a mí.

Definitivamente, en 2013 no puedo presumir que leí muchísimo -porque no es cierto-, ni que llegué a mi peso ideal -porque estaría mintiendo-, pero sí puedo contar a quien quiera leer, que me siento más cerca de encontrarme.

Mi gran logro de 2013 es que soy más honesta conmigo, y vaya que me costó recorrer un camino que nunca había atravesado.

Quiero agradecer a mi familia, a mis amigos y también a quienes, por lo que sea, no pudieron quedarse conmigo.

Que 2014 sea un año de estabilidad, ya que este me sacó de control en todo sentido.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Trigémino o el peor dolor de mi vida

De pronto, me duele un nervio cuya función no me queda clara, aunque por la medida del dolor, ahora sé que es importante. Se llama trigémino. ¿De qué se trata? Ni entendí bien. Mi organismo estaba tan aturdido desde los dientes hasta la frente, que no digerí bien la explicación que me dio la dentista. Tampoco la que, horas después, me dio la doctora. Solo sé que desembolsé muchísimo dinero en la farmacia porque la medicina para relajar la articulación maxilotemporal es proporcionalmente cara al dolor que provoca, y que por supuesto, aunque uno no sea millonario, está dispuesto a pagar el precio que sea por un extintor que apague las quemaduras que provoca ese cable que, de buenas a primeras, se ha convertido en el  protagonista del organismo.

Aunque el alivio llega, la cara está paralizada por tanto sufrimiento. Los ojos están hinchados, no solo porque el nervio alcanza la cara, sino porque en la madrugada, mientras me retorcía como renacuajo, experimenté un ataque de pánico. Con razón le llaman el dolor del suicidio. Me tomé tantas medicinas para calmarlo que es un milagro que no me hayan tenido que internar en el hospital para lavarme el estómago. Mi hermano me decía que no llorara, porque con el llanto la mandíbula se tensa y el dolor aumenta. Todo lo escuchaba lejano. Solo sentía las vibraciones, el ardor, el miedo de morirme de dolor. No exagero. Otras veces sí, pero esta vez no. Sentí que me moriría de dolor. Sentí luego que me moriría de una sobredosis de medicamento. Luego lloré. El llanto calmaba el dolor y luego lo exponenciaba.
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Seis de la mañana. Mi mamá despierta. Mi hermano durmió dos horas. Yo dormida. Me venció el cansancio, pero aún dormida sentía dolor. Soñaba dolor. Al fin, mi mamá me dio un ketorolaco sublingual cuando pasó tiempo suficiente para pensar que podía tomarme otra cosa. No sé si exagero al decir que agonicé (ahora sí, no lo sé). Incluso mi perra se sentó a mi lado, me enjugó las lágrimas con la lengua. Me cuidó.

Estoy escribiendo esta entrada con una mezcla de sueño y dopaje. Las medicinas son tan fuertes que me provocan sueño todo el tiempo. Al menos si duermo, no me duele. Las inyecciones también me paralizan de dolor. Es complejo B, para reforzar al nervio, pero para alguien que no se enferma (bueno, después de este año ya no sé si puedo seguir diciendo eso) estas experiencias son nuevas.

Para colmo, los medicamentos me han provocado gastritis. Así que hay que tomar oootro medicamento para la gastritis. Eso y té. Té, té y más té. Y homeopatía. Y lo que sea para que el trigémino deje de manifestarse. Quiero paz. Negociemos. ¿Qué necesitas? ¿Aumento de sueldo? ¿De complejo B? Comunícate, pero no con más dolor, con señales positivas. Por favor, comunícate.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Existen relaciones que se resquebrajan sin remedio. Hay muchos dolores en medio. Muchas palabras que debieron pronunciarse, muchas distinciones que duelen. Es natural, supongo, que en algunos casos ya no se recupere la confianza ni la intimidad y que, eventualmente, la indiferencia asfixie al cariño.
Se vale cansarse. Se vale cambiar y dejar gente en el camino. Hay que perder peso para alzar el vuelo.